La amenaza fantasma: formas en las que los discursos de odio quieren atraparnos

Hace poco una amiga me invitó a una plática con trabajadores de Twitter para hablar sobre sus políticas de seguridad y la continua violencia digital contra las mujeres y otros grupos vulnerables dentro de su red social. La respuesta no solo fue inesperada, sino completamente insultante. Comenzamos mal: mi amiga les hizo saber del marco legal dentro del país que prohíbe y sanciona la violencia digital contra las mujeres, la respuesta que recibió fueron constantes interrupciones para soltar su speech sobre la libertad de expresión y su supuesto alineamiento con las normativas internacionales (una absoluta mentira).

Por su parte, otra amiga les señaló la realidad sobre las cuentas de odio que no son sancionadas. Específicamente desarrolló el caso de una cuenta supuestamente radfem que lanzó amenazas contra una persona trans, quien expuso un caso de discriminación en su contra. Para este punto ya estaba harta de su monólogo de la libertad de expresión y quise participar, pero ni la respuesta ni el trato fue mejor que el que le dieron a mis compañeras. En primer lugar, les dije que en México, el artículo primero prohibía todo tipo de discriminación, misma ley que se violaba al amparo de su red social. Me quisieron interrumpir pero no lo permití: les señalé las cuentas que continuamente habían violentado los derechos humanos desde su plataforma y ante su insistencia, me hicieron dar dos nombres. Se defendieron alegando que sí han actuado contra dichas cuentas, lo cual es falso, pues éstas continúan lanzando discursos de odio todos los días a través de su plataforma.

 ¿Por qué es importante todo esto? Porque una de las redes sociales más influyentes considera que tiene derecho a ignorar las leyes contra la violencia digital y la discriminación, nos revictimiza culpándonos por “no saber reportar”, según nos dijeron, y por supuesto justificándose ante su inacción. Esta experiencia nos abrió los ojos ante la indiferencia de estas empresas para combatir frontalmente los discursos de odio dentro de sus plataformas, razón por la cual hoy en día estos grupos cada vez son más abundantes.

La paradoja de la tolerancia

Decía el filósofo austriaco Karl Popper: “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia”. Popper, Karl (1945): La sociedad abierta y sus enemigos.

Es interesante que esto haya sido escrito en un contexto de posguerra donde los discursos de odio calaron tanto en la sociedad de Europa central, que condujeron a uno de los episodios más fatídicos en la historia humana contemporánea. Es ampliamente conocido el papel que jugó el propagandista nazi Joseph Goebbels en la normalización y fomento al odio contra la población judía, estrategias que hoy en día vemos resurgir contra otros grupos humanos. Desafortunadamente, este episodio de la historia no sería el último.

En 1994 las tensiones políticas y sociales crecieron en Ruanda a niveles de violencia que conmocionaron al mundo entero. Un conflicto gestado desde la colonización y prácticas racistas impuestas por los belgas, quienes hicieron una separación de castas entre Hutus y Tutsis, colocando a los tutsis en posición de privilegio dentro del sistema colonial. Tras la caída de la colonia, los Hutus quedaron como la casta dominante. El sistema de castas artificialmente creado por el más puro racismo y colonialismo, ahora era un conflicto social y una herida abierta que solo el rencor podría convertir en una de las masacres más terribles que se ha visto recientemente.

El conflicto comenzó tras el asesinato del presidente y las tensiones políticas que ya se vivían entre ambos bandos. ¿En todo esto donde entra la libertad de expresión y el discurso de odio? La radio fue una de las principales armas propagandísticas utilizadas contra la población Tutsi: desde incitación a la violación hasta para coordinar las propias masacres.

Las redes sociales

En la actualidad las redes sociales han desplazado a otros medios tradicionales como la radio y la televisión, pues se han vuelto la principal fuente de conocimiento para un gran porcentaje de la población. En un inicio, parecía que habíamos alcanzado la democratización de la información, sin embargo, se han vuelto todo lo contrario: un semillero de desinformación y odio. Y aunque muchas de estas conspiraciones parecerían inofensivas y hasta graciosas, (como la de la tierra plana y los hombres reptil) la verdad es que tienen detrás objetivos y consecuencias más siniestros.

Mucha gente que ha dejado de “creer” en la ciencia y la medicina y que cree que las vacunas son una conspiración, pone la salud de sus hijos y los hijos de otras personas en peligro. Otra, que cree que la pandemia del Covid-19 es un invento; que cree que las antenas 5g son para controlar mentes, o que cree que los derechos de las mujeres y las personas LGBT+ son producto de lobbies internacionales de malvados sionistas y farmacéuticas (englobando esto como “ideología de género”) produce sociedades en las que cada vez hay más crímenes de odio, feminicidas y lgbtfóbicos.

Estas y otras insensateces están dominando el discurso. Si volviéramos el tiempo atrás 10 años y viéramos en lo que las redes nos han convertido, sentiríamos mucha vergüenza y asco. Pero esto no es al azar, hay intereses detrás: estas posiciones han radicalizado a la población, generando pensamientos extremistas con una clara tendencia, el conservadurismo más rancio. Como si estás campañas hubieran sido sacadas de la mente del mismo Goebbels, las personas ya no saben en qué creer, el miedo los lleva a buscar refugio en el odio y en la “mano dura”. Los enemigos imaginarios que han creado estas campañas son una fuente inagotable de votantes para los partidos más reaccionarios de la extrema derecha.

¿Es válido tolerar hoy en día todo tipo de discursos a nombre de la libertad de expresión? La respuesta es absolutamente NO. Ni las convenciones internacionales de derechos humanos ni las leyes locales en la materia consideran que la libertad de expresión carezca de límites y que esta sea capaz de transgredir el principio pro personae que los rige. Así que, ¿estamos listos como sociedad para ponerle un freno a esta violencia digital que claramente se nos ha salido de las manos?

Los grupos de odio

Hace algunos ayeres habría sido impensable que se considerara tolerable el discurso de grupos racistas como los neonazis, el Ku Klux Klan o simplemente grupos de odio abiertamente racistas, misóginos, antisemitas, LGBTfóbicos y en particular transfóbicos, que hoy predominan en nuestras redes. ¿Qué cambió de entonces para acá?

El internet se ha promovido como uno de los paradigmas modernos de la “libertad de expresión” y, a nombre de dicha libertad, se dio carta abierta para tolerar absolutamente todo. Y cuando digo todo, hablo de TODO: desde blogs sobre trata de personas, hasta pornografía infantil y otros actos criminales que han sido objeto de la constante batalla legal de los gobiernos contra estas prácticas predatorias. Hoy en día es un poco más sutil, los grupos de odio se han enmascarado. Ya no se hacen llamar abiertamente pederastas, hoy usan términos como MAPS. Ya no se hacen llamar neonazis, hoy se hacen llamar nacionalistas orgullosos y realistas raciales. No se hacen llamar homofóbicos, se hacen llamar defensores de la familia natural.

Y dentro del feminismo no estamos exentas de posturas reaccionarias que no se hacen llamar transodiantes, sino “críticas de género”. Con una cara más institucional, más formal, más socialmente aceptable. Han hecho pasar toda clase de discursos de odio por “evidencias científicas” y discursos académicos, cuando no existe ni una institución seria que respalde su intolerancia, y al contrario, a las instituciones que refutan sus sesgados argumentos, las tachan de ser parte de “la conspiración global”.

La amenaza fantasma

Tal como en la saga de Star Wars, la estrategia que han creado estos grupos se puede reducir a unas pocas fases. La construcción de una amenaza fantasma, es decir, un peligro para sus existencias y modos de vida, hace posible justificar la agresión como “autodefensa”:

1) Creación de un sentimiento de pertenencia: que las personas crean que son parte de algo más grandes que ellos, que están protegiendo a su gente. Es indispensable para poder manipularlas.

2) Creación de algo contra lo cual luchar: hacer sentir a esta gente que está “del lado correcto de la historia” es la forma más fácil de atraparlos y adaptar la realidad a su discurso en vez de adaptar el discurso a la realidad. Esta estrategia se basa mucho en el pánico moral.

3) Creación de una amenaza: el sentimiento de estar en peligro es la forma más rápida de radicalizar a las personas y manipularles. Convencer a alguien de pelear no sería fácil si no tuvieran contra qué pelear. Pero aquí no hablamos de las entidades imaginarias como lobbies gay secretos de sabios de Sión que pretenden acabar con la familia, la raza blanca y las mujeres naturales. Aquí hablamos de proyectar todos esos pánicos sembrados sobre una población y la población objetivo tiene que cumplir dos condiciones; primero: que sea un grupo con menor acceso a recursos e influencia política y social para ser un objetivo fácil; segundo: que ya exista un prejuicio contra el grupo objetivo a fin de hacer más asimilable la idea de estos como una amenaza.

Estas estrategias a rasgos generales son utilizadas por prácticamente todos los grupos de odio y, aunque vimos sus peores efectos durante los holocaustos y genocidios de la era moderna, el hecho es que han existido a lo largo de la historia. Desde la persecución y ejecución  de “las brujas”, hasta la persecución y expulsión de los musulmanes y judíos de la España de Isabel la Católica.

Consecuencias

Lo peor de vivir dentro de una era sin verdad, una era de odio y desinformación, es que somos testigos de las consecuencias de esto todos los días. Los crímenes de odio han aumentado, y digo crímenes de odio englobando motivaciones raciales, machistas y lgbtfóbicas por igual. Lejos de ser una mejor sociedad, nos hemos vuelto grupos aislados de personas llenas de miedo y rencor, reaccionando ante cualquier peligro; y ese peligro se proyecta sobre las poblaciones más vulnerables. Tenemos que entender que el odio y los prejuicios no se quedan en las redes sociales: tienen impactos y consecuencias reales. 

Un rumor de redes sociales llevó al asesinato de una mujer trans en Puerto Rico llamada Alexa, hecho que hasta llevó a Bad Bunny a protestar contra el trato tan indigno que se le dio a la víctima, malgenerizándola aún después de fallecida. En Reino Unido, uno de los lugares donde los discursos de odio transodiantes se han normalizado tanto social como institucionalmente, los crímenes de odio por transfobia han crecido un 81% (BBC. 2019) .Asimismo hoy en día ni los activismos se salvan: la Okupa Bloque Negra ha comenzado una campaña de hostigamiento y odio contra la población trans.

Cuando antes parecían discursos que no salían de redes sociales, hoy se han convertido en mensajes de odio  y señalamientos en lugares recreativos lgbt. Los crímenes de odio racistas perpetrados por las propias autoridades llevaron a una ola de protestas para señalar que las vidas negras importan, y aún así estos crímenes se siguen cometiendo en todo el mundo, incluyendo América Latina. Los feminicidios son una violencia que sigue en aumento, mientras en redes vemos grupos autodenominados “provida” llamando a las feministas asesinas de niños y bebés, en una campaña de odio que pretende, además de negar derechos sobre la autonomía sexual y reproductiva, generar un clima de violencia que perpetúe la desigualdad de género. Todos estos discursos y violencias tienen un punto en común, son los grupos más vulnerados los que pagan las consecuencias. Estas campañas de odio pretenden perpetuar las desigualdades sociales a través de la violencia.

¿Qué hacer?

Quienes me conocen sabrán que no soy una persona que abogue por lo punitivo, pues sé que bajo medidas populistas punitivas, el estado y la sociedad enmascaran su inacción ante problemáticas sociales que requieren una atención más compleja. Sin embargo, en el punto en el que nos encontramos, claramente necesitamos dos cosas: un marco legal que proteja la dignidad humana por encima de cualquier tipo de empresa, por muy internacional que ésta se promocione; y dos, la aplicación de ese marco legal con sanciones claras a los incumplimientos. Ningún discurso de odio debería ser protegido bajo la premisa de la “libertad de expresión”, cuando el mismo está generando un clima de violencia que está costando muchas vidas humanas y retrocesos sociales considerables. El hecho es que ya existen muchas de estas normativas, pero nadie dispuesto a aplicarlas.

Más allá de lo legal, como sociedad debemos hacer algo al respecto, contrarrestar el odio y la desinformación con tolerancia e información. No tolerar la intolerancia, sino regirnos siempre por un principio de derechos humanos. Hablar con nuestras personas cercanas sobre las consecuencias que todo el odio y la desinformación generan, hablarles de la importancia de no dejarse llevar por las redes sociales, de investigar con fuentes serias como instituciones oficiales. Y por último, predicar el respeto por otros seres humanos pese a nuestras diferencias, porque la dignidad de nadie debe estar a debate. Recordemos que la violencia verbal y la escrita también tienen consecuencias. Puede existir la libertad de expresión, pero no la libertad de agresión contra otras personas, su dignidad humana y derechos.

Selene Miranda

Soy feminista con enfoque interseccional, activista independiente por los derechos de las mujeres y la diversidad sexual y de género, estudiante y autodidacta.

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