Los límites de la sororidad

Las siguientes líneas no pretenden delimitar o determinar la sororidad. Por el contrario, buscan abrir un debate sobre los límites de la sororidad.  Pero antes de empezar a hablar sobre sororidad, es necesario sumergirnos en el autocuidado, esa estructura única y personal que nos permite crear y delimitar, reconocer violencias y reflexionar sobre una ética entre feministas.

Antes que todo, autocuidado

2020, este año hubo pérdidas. El 2 de noviembre me recuerda a todos aquellos que no pudimos velar. A los que perdieron el hogar, la comida, el amor, la amistad. Todo muere, pero este año dolió más. Conversando con diferentes amigas, coincidimos en la relevancia del autocuidado como eje de supervivencia frente al aislamiento social. 

Este año me enseñó mucho de autocuidado

Maternarte 

Entre los puntos que reflexioné junto a otras mujeres está el de la maternidad y de esa reflexión aprendí que automaternarnos es una forma de autocuidado. En el eje de la maternidad hay un estereotipo sobre el amor de madre. Pero para algunas ese sujeto está vacío, hay fallas, ruido, violencias. Ante el vacío de ese sujeto, aprendimos inconscientemente a maternarnos. 

He escuchado entre las feministas la frase: “Sé para ti la madre que siempre soñaste”. Apapáchate, abrázate, llévate al doctor, come rico, no salgas sin suéter. Ámate, estúdiate, consiéntete, date regalos, date placer. Escúchate, protégete, cuídate. 

Pon límites. 

Benditas las amigas con las que hablamos de todo, charlamos y hacemos conversatorio sin planearlo.  Es compartiendo que reconocemos aquello que nos violenta, que nos duele. La violencia patriarcal permea todas las relaciones amorosas, ya sea la de pareja, la de madre e hija o la de amistad. 

Maternarnos nos enseña lo que nos va bien y lo que no. Recuerda que la reacción de cada cual es responsabilidad únicamente de esa persona: no te hagas cargo de la vida, necesidades y frustraciones de los demás a costa de perderte tú.

Poner límites implica priorizarte a ti misma. Muchas veces la amistad entre mujeres es idealizada, y aún más, entre aquellas que nos reconocemos feministas. Romantizamos a nuestras compas y terminamos en relaciones no recíprocas, desleales, abusivas y que nos terminan decepcionando. 

Los límites son parte de esa estructura llamada autocuidado que protege nuestras emociones y nuestra salud mental. 

Dejar ir

Otro de los moldes que nos ha colocado el patriarcado es el de construirnos a manera de pegamento. Como mujeres encapsuladas en lo privado, somos las encargadas de mantener unidas a las familias. Somos las que más trabajamos en la cuestión de pareja. Ni que decir de la amistad.  Hemos sido enseñadas a callar sobre todo aquello que no nos gusta.  

Esos límites configuran una ética personal a la que poco a poco te vas adhiriendo. Coincido con muchas amigas en la forma en cómo el feminismo nos ha permitido poner límites y alejarnos de parejas violentas, madres abusadoras y amistades desleales. 

Personalmente, he perdido a tantos en el camino del feminismo que se vuelve un cotidiano dejar de ser amiga de alguien tras un comentario machista o misógino en Facebook.  A la vez, el feminismo me ha permitido encontrar un sin fin de nuevas formas de amor. 

La amistad, por más que sea entre mujeres, está permeada por el patriarcado.  Esa estructura universal e histórica que llena de violencia simbólica toda relación. Entre más te sumerges en tu autocuidado, más límites amorosos pones en tus relaciones y aprendes poco a poco a dejar fluir y a desprenderte de todo eso que no te va. 

Podemos tomar de mantra la frase del artículo “8 claves prácticas de autocuidado feminista #CuídateElCoco”, de nuestra hermana Beatriz Villanueva,  para Pikara Magazine: “Abre las puertas a quien te quiere, te ayuda y te cuida. Deja salir de tu vida a quienes te imponen, te malquieren y te descuidan por norma. Di más te quiero a quien se lo quieres decir de corazón”.

El autocuidado también es un acto de resistencia y amor.

When te dicen: “Te falta sororidad”

Nunca, desde que me volví feminista, me habían dolido tanto las palabras de otra mujer. Este año he pasado por una experiencia singular en cuanto a mis relaciones con otras mujeres y con otras feministas.  Puse diversos límites frente a una mujer que, sin reparo me dijo: “Si me ayudaste fue tu pedo”. Y de ese mismo asunto surgió como resultado mi supuesta “falta” de sororidad hacia esa mujer.  

El tema aquí es que yo puse límites en el momento en que sentí su violencia.  Porque pasa que una como feminista decide ayudar a otras mujeres, que muchas de las veces no piden ayuda. Y estas mismas abusan de nuestra confianza y de nuestra reciprocidad para aventajarse de situaciones emocionales, económicas, patrimoniales, psicológicas y muchas otras. 

Y sí, esas violencias que enumero podrían parecerse a las violencias entre pareja. Y sí son. A la amistad la intersectan las mismas estructuras patriarcales. 

Pasa que una como feminista sabe que la deconstrucción es algo inacabable. Pero también pasa que ciertas mujeres se conforman con discursos de odio para permear una charla seudo amistosa y sacan a relucir sus violencias de clase y de género. Y eso duele.  

Aplicamos los límites que el automaternanos nos enseñó y muchas de las veces rompemos y terminamos relaciones. Podemos terminar una amistad o relación con mujeres que siguen hablándole a nuestros agresores o que los defienden.  Podemos alejarnos de nuestra madre por salud mental. Y también podemos hablar de las violencias que nuestras compas y otras feministas aplican. Hacer conversatorio con otras mujeres sobre las violencias que nosotras mismas y otras mujeres han hecho o hacen, es sanador. 

¿Por qué debemos hacerlo? 

Para mantener y cuidar los espacios seguros que hemos construido: para proteger el autocuidado que estamos cosechando y para cuidar a otras mujeres. Emprender diálogo, reconocer violencias, imaginar y crear protocolos en estos casos es fundamental para la praxis feminista. 

Quiero aclarar que no se trata de una quema de brujas o de aplicar el feministómetro. Se trata de evitar prácticas patriarcales. Antes, nuestra misión era cuidar de la familia. Pareciera que hoy la exigencia es salvar a otras mujeres a costa de perdernos a nosotras mismas.  Una verdad hegemónica por otra. Calladita de las violencias de otras morras te ves más bonita. ¿No les recuerda al discurso de siempre?

Y si no lo hacemos, entonces no somos lo suficientemente feministas. Si reconocemos y hablamos de que otra mujer nos lastimó, abusó y violentó, no somos suficientemente feministas o nos falta sororidad.  

Reconocemos que las violencias que pueden aplicar otras mujeres provienen de circunstancias muy diferentes de las que les cometen los hombres. Reconocemos que esas mujeres también están en circunstancias de desventaja y que han sido violentadas. Incluso puede ser que las violencias que nos aplican, fueran ejercidas en ellas primero por hombres: padres, parejas, amigos y desconocidos. 

Por ello es tan importante dialogar sobre esas violencias. Porque el feminismo no debe callar, el feminismo o lo que yo alcanzo a entender sobre feminismo,  es que la prioridad es tejer redes. Crear una colectividad que nos sostenga a todas, donde el sostén no se vuelva abusivo ni desigual. Un sostén que dialogue sobre la horizontalidad

Me resulta interesante la observación de Rita Segato en Contra-pedagogías de la crueldad sobre la corporatividad y la sororidad, donde apunta que la cooperación exige fidelidad inapelable de sus miembros. A la vez que cancela cualquier otro valor fuera de la corporación. Pareciera que muchas de las veces queremos hacer del feminismo una corporación.

A lo anterior se suma que las feministas no somos santas ni madres de la caridad. Somos sujetos en construcción y deconstrucción infinita y queremos priorizar el autocuidado como estructura.

Sí, somos sororas

¿Recuerdan en Mean girls (2004), cuando Cady y Janis prometen destruir a Regina? Cady traiciona a Janis y se convierte en alguien tan malvada como Regina. Janis le dice que está actuando como una “bitch”. Probablemente no sea un ejemplo de cómo dialogar sobre violencias entre mujeres, pero si es un ejemplo de honestidad frente a aquellas que rompen la lealtad de nuestra amistad. Janis le pone un límite tangible a Cady en su amistad y la deja ir.

¿Saben qué es lo más?  Que al final, cuando Cady reconoce sus violencias, dialogan y se abrazan. Parten a una nueva forma de amistad, una nueva forma de tejer su lazo. 

Porque sí, como feministas somos capaces de terminar relaciones con mujeres que nos violentan y que abusaron de nosotras. Dependiendo de los límites que establezcamos, de nuestra ética personal y de la ética colectiva que vamos construyendo en colectivos y redes, podemos dialogar. Negociar con aquellas mujeres que han ejercido ciertas violencias sobre nosotras, ciertos olvidos, ciertos egos y seguir construyendo juntas. 

Podremos alejarnos, guardar silencio, señalar y reconocer, pero siempre estaremos ahí para otras mujeres cuando se trate de tejer redes de sororidad, honestidad, diálogo, sueños y puñetazos al patriarcado, desde la horizontalidad. 

Gracias a todas mis hermanas, con las cuales pude conversar y las cuales me permitieron conocer sus experiencias con otras mujeres. Gracias infinitas por compartirse. ¡Ustedes saben quienes son!

Estefanía Millán

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