Racismo y representatividad: ¿Por qué las mujeres nos odiamos tanto?

Algunas semanas atrás, encontré una nota sobre la organización de mujeres desde las bases en Brasil. El texto describe a pequeños grupos comunitarios que acuerdan ocupar un lugar de representatividad pero que apuestan por la toma de decisiones colectivas. 

Lo discutí con las compañeras de Oleaje y, al comparar la situación brasileña y mexicana, llegamos a una conclusión aterradora: en Brasil las mujeres negras pueden organizarse por la identificación racial que les permite reconocer sus heridas y construir a partir de ellas. Del lado opuesto, en México, las mujeres rechazan la identificación racial, les avergüenza reconocerse morenas, pobres y gordas. Tan cerca de EE.UU. y tan lejos de Dios, hemos consumido incansablemente la imagen de la mujer abnegada, blanca, flaca, y muchas veces, madre. 

Esto ha construido en el feminismo mexicano un deseo aspiracionista que se refleja en la elección de sus figuras representativas: las mujeres feministas más aprobadas y seguidas en redes sociales tienden a ser blancas, delgadas, clase media y, por su puesto, cis. 

Esta misma incapacidad de buscar ser representadas por mujeres morenas, pobres y, ¿por qué no? gordas, ha pauperizado el escenario político mexicano. La consecuencia más preocupante de este fenómeno son los discursos sesgados que se emiten desde los espacios que acaparan los reflectores. 

Nos hemos acostumbrado demasiado a estar abismalmente lejanas a las mujeres que ocupan puestos de representatividad, ya sean políticos o mediáticos. Hemos normalizado que hablen de acoso callejero mujeres que transitan poco o nada las calles de la ciudad. Nos parece lógico que hablen de alerta de género mujeres que no viven en Ecatepec. Es común que demos audiencia a aquellas que describen su propio tono de piel como “moreno claro” mientras hablan de racismo. 

Al otro lado del espejo: la representatividad

Para no caer en argumentos simplistas, proponemos organizar algunas ideas para comprender esta falta de ejercicio político:

En primer lugar debemos considerar el contexto cultural o habitus en el que se desarrolla la clase media. El habitus, como lo llamaría Pierre Bordieu, es el conjunto de condiciones económicas y sociales que hacen a los sujetos de cierto grupo coincidir no sólo en apreciaciones estéticas, sino también da pie a que se intercambien los puestos de poder entre personas del mismo estatus socioeconómico. Ya decíamos que eso de que coincidieran en bautizos y bodas los sujetos más corruptos de este país no era mera coincidencia, ¿verdad, Peñita?

Lo anterior se agrava con la herencia emocional que nos ha dejado el racismo, la gordofobia y la aporofobia. Las mujeres racializadas, pobres y gordas en México no creen tener el derecho a una educación digna, manejo del discurso político, y menos aún, a representatividades que velen por sus intereses. Les resulta inimaginable ver su propia imagen en los curules del senado, los spots publicitarios y los noticiarios nocturnos.  

En segundo lugar, la auto determinada marginalización política con la que viven las mujeres en México es un ejemplo claro de los efectos de la hegemonía en el sentido gramsciano. Pensamos la hegemonía como ese conjunto de prácticas culturales y económicas que la clase dominante ejerce para convencernos, entre otras cosas, que sus prácticas sociales y económicas son un modelo a replicar y que, si no lo conseguimos, es por falta de esfuerzo o interés. 

Nos crean una imagen de perfección en la clase privilegiada, con lujos, riqueza y por supuesto con la máxima blancura posible. Tan inalcanzable resulta ese sueño, que es mejor dejar la política en manos de los expertos. A cambio, reclaman el derecho de administración sobre nuestro dinero y nuestro tiempo. 

No olvidemos la imagen de Manuel Velasco casándose con Anahí Puente, quienes representaban la culminación perfecta de la clase dominante y que heredaban en línea directa la tradición marcada por Peña Nieto y Angélica Rivera.

Representatividad racismo
Angélica Rivera y Enrique Peña Nieto en la primera; Manuel Velasco y Anahí Puente en la segunda.

Actualmente el proceso político que atraviesa el país, con nuevas representatividades y un enfoque que se pretende progresista, nos obliga a mirar con lupa la conformación de las figuras públicas. Sobre todo feministas, que es lo que nos atañe en este espacio, para evitar que continuemos fuera de los espacios políticos en los que se decide nuestro presente y nuestro futuro. 

Recordemos que la escucha es uno de los ejercicios políticos más poderosos que existen, no lo desperdiciemos en aquellas que no están interesadas en nuestro bienestar. Por ello, proponemos un ejercicio simple para revisar nuestras redes sociales: 

  • ¿A cuántas mujeres racializadas siguen?
  • ¿A cuántas mujeres racializadas pobres siguen?
  • ¿A cuántas mujeres racializadas pobres gordas y trans siguen?
  • ¿Con cuáles coinciden más en discurso, con todas las anteriores o con las mujeres blancas, bellas y de clase acomodada?

De este lado del espejo: el racismo

Como todo en México, esto también se reduce al racismo. Es un hecho que en el país el descarte inmediato para saber si aprobamos o no a una persona es su tono de piel. Y no, no existe racismo a la inversa, porque el privilegio blanco existe por y solo a través de la violencia. La ensayista brasileña Djamila Ribeiro en su Pequeño manual antirracista reflexiona al respecto: “Se trata de refutar la idea de un sujeto universal: la blancura es también un rasgo de identidad, por muy marcado que sea por privilegios construidos a partir de la opresión de otros grupos. Debemos recordar que esto no es un debate individual, sino estructural: la posición social de privilegio viene marcada por la violencia, incluso ese determinado sujeto no es deliberadamente violento”.

El cambio comenzaría con el complicado trabajo de reconocerse en la otra. El problema está en que las mujeres racializadas no nos identificamos entre nosotras. Siempre aspiramos a ser un poco menos morena que la otra, a vernos un poco más delgadas o un escalón arriba en la clase social. Es momento de aceptar que ese camino no ha arrojado resultados positivos. Así, urge permitirnos hablar con y por aquellas que se nos parecen y dejar de ceder la voz. 

Por ello el ejemplo de las mujeres brasileñas resulta tan conmovedor, porque ellas están haciendo el ejercicio que Grasmci soñó a inicios del siglo XX: impulsar a través de la praxis la batalla intelectual para construir su propia hegemonía.

Es innegable que a las feministas mexicanas nos toca regresar a la frase que alguna vez Sócrates vería inscrita en el oráculo de Delfos, pero claro, ahora con lenguaje inclusivo: “Conócete a ti misme”. Dicha empresa resulta complicadísima en un país de mujeres que apenas despiertan ante las violencias masculinas cotidianas… ¿cuánto nos faltará para comenzar a sanar las heridas autoejercidas?

En Socialismo y Cultura, el teórico italiano revisa este trabajo: “Conocerse a sí mismos quiere decir ser lo que se es, quiere decir ser dueños de sí mismos […] Y eso no se puede obtener si no se conoce también a los demás, su historia, el decurso de los esfuerzos que han hecho los demás para ser lo que son, para crear la civilización que han creado y que queremos sustituir por la nuestra”.  

 Es momento de enfrentar que la representatividad únicamente puede construirse a partir de la capacidad de autorepresentarse de les sujetes; sueño que se logrará únicamente dejando a un lado los sueños aspiracionistas de raza y clase. Con todo, es esperanzador saber que desde el cono sur muchas compañeras están comenzando a reestructurar aquello que llamamos política. Aunque, a decir verdad, nos preguntamos: ¿es posible hacer política sin esperanza?

Lidia Gatica

Anarquista. Sindicalista. Ensayista feminista.

1 Comment

  1. Lizeth

    Excelente artículo. 😃🙋🏾‍♀️

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