¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que te dijeron puta, golfa o zorra? Yo sí. ¿Y lo que sentiste cuando te llamaron así?, ¿lo recuerdas? Yo también. Por último, ¿te acuerdas de cuando utilizaste alguna de esas palabras para referirte a otra chica? Yo igual.

Esa forma en la que nosotras mismas –y la sociedad que nos educó– nos violentamos, tiene un nombre: slut-shaming. La semana pasada, en un podcast que escucho, llegó a mi, por primera vez, este término. A continuación te contaré de qué se trata y cómo podemos frenar esta clase de violencia discursiva.

Aguanta, Slut-…¿qué?

Slut-shaming, en su traducción literal, es slut=mujer que tiene relación con muchos hombres sin ningún vínculo afectivo; y shaming=vergüenza, en conjunto sería algo como “vergüenza de puta”.

El término adquirió su significado luego de que, por moda, se insultara a mujeres por subir fotos a sus redes sociales en las que ellas enseñaban su cuerpo, o utilizaban ciertas poses, (según la sociedad) “sugerentes”.

Insultarlas se puso de moda en Facebook, Twitter e Instagram. Sin embargo, el slut-shaming o bien, el acto de juzgar a las mujeres por su imagen, vida sexual y/o actitud ha estado presente durante años; la segunda ola del feminismo, que data aproximadamente de mediados del XIX a finales del siglo XIX ya luchaba por una libertad sexual sin prejuicios.

Varios medios, como El Mundo, en su artículo “Millenials, de la A a la Z”, definen al Slutshaming como “palabras utilizadas para avergonzar a otra persona por alguna conducta sexual considerada reprobable. Algunas feministas también lo utilizan para referirse al acoso o a la violencia de género”; pero, en realidad es más que eso. Y respecto a la definición inclusiva: sí es necesario aclarar que es muchísimo más extraño y complicado que esta clase de agresiones le pasen a un hombre (cis) heterosexual.

¿Cómo nos afecta el slut-shaming?

El slut-shaming es más que insultos en redes sociales, por fotos o estados “libertinos”. Llamar a las mujeres golfas, fáciles, zorras y perras por cómo deciden llevar a cabo su vida –salirse de lo socialmente aceptable: códigos de vestimenta, vida sexual, comportamiento– es una de las tantas formas de justificar los maltratos que reciben (recibimos) a diario.

Memes misóginos que normalizan la violencia contra la mujer.
Fuente: https://twitter.com

“Le pasó por puta” fue uno de los primeros comentarios en aparecer ante casos como el de Verónica, quien se suicidó luego de que su ex amante difundiera en su trabajo un vídeo sexual suyo. Verónica sufrió acoso, humillación y burla de parte de sus compañeros del trabajo, ¿y por qué?, ¿por haber ejercido su sexualidad libremente?, ¿por haber confiado en su amante, tanto, al grado de permitir que la grabara? El slut-shaming se salió de la pantalla y la presión y ansiedad por “burlas” y “bromas” de ese tipo es mucho para un cuerpo.

En páginas de porno, los usuarios buscaban el vídeo de Verónica luego de que se supo lo de su suicidio. Fuente: http://www.facebook.com

Nosotras construimos el mundo y a nosotras mismos a través de las palabras, por eso es importante repensar cómo nos expresamos, parar de reproducir discursos de odio y también, nombrar con firmeza aquello que nos afecta, para confrontarlo.

Slut-shaming y amor romántico

Lamentablemente, el caso de Verónica en España, no es él único; el 19 de marzo de 2018, un hombre entró a Reforma 222 y atacó con un arma de fuego a su expareja, Selene. El feminicida, antes de disparar, le enseñó una nota en la que le decía que “por puta” le pasaba eso. Ella, días antes, le pidió el divorcio. Selene quería su libertad, y un hombre que la creía suya, la mató.

Nota que le mostró el feminicida a Selene antes de dispararle. Fuente: http://www.facebook.com

Y estos discursos de odio están presentes, en nuestra vida, desde siempre. ¿Cuándo fue la primera vez que te dijeron puta? Mi primera vez fue cuando tenía 12 años, iba en la secundaria, y la exnovia de un chavo que quería ser mi novio comenzó a llamarme así. Mi cuerpo aún no terminaba de desarrollarse, ni el de esta otra chica; el sujeto y yo no habíamos salido jamás; pero yo ya era una puta. Los celos irracionales que promociona el amor romántico hicieron que ella me nombrara así. 

Esta palabra y sus sinónimos, estuvieron presentes, por mucho tiempo, en mi vida: en mí por serlo, y en las otras, porque yo las nombraba así: porque lo eran, porque “tenían” muchos ligues, porque eran bonitas, porque podía usar esa palabra y nadie me diría nada, al contrario, me apoyaban y hasta celebraban el usarla.

¿Y luego? ¿Qué podemos hacer?

Por fortuna, el proceso de deconstrucción y la sororidad nos proporcionan herramientas para cuestionarnos y eliminar esta violencia discursiva, que además, perpetúa la idea de que las mujeres somos enemigas por naturaleza. 

El primer gran paso que debemos dar, porque lo personal es político, es cuestionarnos el significado de esas palabras: ¿qué es una puta?, ¿quién lo dice? Nada ni nadie nos pertenece, y lo que una mujer decida hacer con su cuerpo es asunto de ella. 

Seguido debemos prohibirnos, en la mayor medida posible, usar esas palabras. Si una amiga nuestra decide explorar su sexualidad, involucrarse con gente sin formar vínculos afectivos y nos lo comparte, lo único que podemos decirle es que se cuide física y sentimentalmente; no más, a menos que ella nos pida otra opinión.

Después, cuando tengamos la fuerza suficiente, debemos parar el uso de esas palabras a terceros: si en una conversación comienzan a juzgar, insultar a una mujer (esté presente, o no) necesitamos detener esos discursos de odio. Comprendo que adoctrinar puede ser cansado, y más con gente que no tiene la mínima intención de cambiar o cuestionar su realidad. No tienes que hacerlo. Con un simple: “Pues es su asunto/cuerpo/pedo”, basta (al menos a mí me ha funcionado).

Menciona Ana María Fernández Poncela en La violencia en el lenguaje o el lenguaje que violenta. Equidad de género y lenguaje que: “somos lo que decimos y hacemos al decir, y somos lo que nos dicen y hacen al decirnos”. Si cambiamos el discurso, cambiamos la realidad.

Ahora bien, si se refieren a ti con esas palabras, si te están juzgando en este momento, lo más recomendable es que lo señales, que menciones que te duele y lastima que te juzguen. La reacción de esa persona ante tus sentimientos te dirá si vale la pena que la tengas cerca, o es mejor dejarla ir. Lo más importante siempre será que tú estés bien, que pongas tus límites y que no dejes que nadie te dañe.

Si tienes alguna otra forma de enfrentarte a esta clase de discursos, te invito a que la comentes. Del mismo modo, te comparto el podcast ¡Con amor, carajo!, en donde escuché este término por primera vez.