Hoy se cumplen 8 años del fallecimiento de Amy Winehouse. Con solo 27 años, la cantautora inglesa dejó tras de sí un legado inigualable, opacado quizá por la intensa cobertura mediática que la acosó hasta el momento de su muerte. Su fugaz ascenso a la fama, y las consecuencias que tuvo sobre su salud, están bien retratadas en el documental Amy (2015), el homenaje más completo a su carrera que existe hasta ahora. Sin embargo, la conclusión a la que llega el filme, replicada hasta el cansancio por varios medios, deja un mal sabor de boca. El mundo se ha puesto de acuerdo en que a Amy Winehouse, más que el alcohol, la mató el amor. 

Foto: LaVanguardia

¿Puede el amor matar a alguien? La respuesta corta es que sí, y la relación que Winehouse sostuvo con Blake Fielder-Civil es un ejemplo paradigmático de una unión tóxica. La creencia de que el amor a una pareja puede justificar hasta la violencia más cruel deriva en situaciones terribles. La idea misma del amor romántico mata. No solo puede acabar con las vidas de las mujeres, sino que limita, desde un principio, sus libertades.

 ¿Fue este el caso de Winehouse? Hay quien afirma que fue Fielder-Civil quien la inició en el abuso del alcohol y otras drogas duras que jugarían un papel crucial en el deterioro de su salud. Al final del día, es imposible saber con certeza qué es lo que desencadenó la tragedia. Pero lo que sí puede decirse es que es atroz reducir el genio de una artista a la relación que sostuvo con un hombre. 

Foto: RadioZero

Decir que a Winehouse la mató el amor es reducir la poderosa fuerza de su imagen y sus letras. Es valorarla, como se ha hecho con tantas otras mujeres artistas, por la relación que sostuvo con un hombre. Me niego a recordar a Winehouse como una frágil víctima, como una añadida más a la lista de mujeres que sufren, viven y mueren por haberse enamorado.

En sus canciones hay dolor, por supuesto. Varias piezas del legendario álbum Back to Black expresan una melancolía descarnada, alejada de lo cursi. La desolación en canciones como Wake Up Alone y Love Is A Losing Game solo pueden venir de alguien que ha visto cara a cara a la tristeza y le ha propinado un golpe. El desamor es uno de los motores principales de esta fuerza, pero no de una manera pasiva. 

“Deberías ser más fuerte que yo” es una frase que Amy le canta a algún amante en Frank y es prueba de esta posición activa ante su situación. Amy le cantaba a una idea del amor que ella misma sabía falsa, vacía, pero que no dejaba de ser reconfortante. Basta con examinar sus letras un poco para toparse con la misma autoconciencia. En su música queda impresa una sabiduría admirable e intensamente femenina. Nunca tuvo empacho en mostrarse como una mujer apasionada, sensible, lista para entregarse completamente. Pero tampoco deja por un segundo de lado su fuerza y su poder de lucha. Winehouse llora en el piso de la cocina en You Know I’m No Good, pero sabe que podrá seguir caminando, sola y feliz, en Tears Dry Own Their Own.

Foto: LaVanguardia

Las composiciones de Winehouse también desbordan humor, ira y un ingenio luminoso. Por más que los medios la hayan retratado como una persona perdida, alguien a la deriva, sabemos que fue una artista meticulosa con una inteligencia profunda. 

Es por eso que la vida de Amy Winehouse no puede, no debe seguir presentándose en la sombra de una relación amorosa. El eje de su vida no fue, por ningún motivo, el hombre con el que decidió relacionarse o el amor que pudo sentir por él. A Amy no la mató el amor tanto como el sistema que explota, mercantiliza y mutila; aquella fama vertiginosa que la convirtió en un producto y que alimentaría una y otra vez sus adicciones. 
¿El patriarcado tuvo que ver? Por supuesto; tanto en el tratamiento de su imagen en vida, como en los juicios que todavía hoy la persiguen. Pero ni eso ha logrado apagar la voz de la lioness. Su voz aún se presenta ante nosotros tal cual es: herida, orgullosa, fuerte, siempre entonando con fuerza las palabras precisas.