Hace cuatro años comencé una relación que aún mantengo. En ese mismo tiempo, el feminismo y yo nos encontramos, y sin pretenderlo, al menos al principio, se convirtió en un eje importante para mi vínculo. Desde antes de conocer a mi compañero había renunciado a la idea del maltrato y los celos. No creía tampoco en la media naranja, en abandonar mis aspiraciones profesionistas o en la maternidad obligatoria. ¿Esa clase de pensamientos me aseguraron no caer en conductas propias de una relación tóxica? Evidentemente, no. El amor romántico acecha de muchas formas. 

Relación
Fuente: Caanelita

¿Qué espero de la relación?

Todo este tiempo ha sido un aprendizaje continuo. Ambos hemos cambiado en nuestras maneras de pensar y actuar. A la fecha me sigo sintiendo profunda y conscientemente enamorada, pero a medida que me he adentrado en el feminismo, muchísimas veces me he preguntado si es lo mejor o lo correcto mantener un vínculo sexo-afectivo (pactado monógamo, por lo demás) con un varón. ¿Qué tan trasgresora soy al hacer esto? ¿Puedo asumir que tengo realmente un compromiso político si reproduzco la norma heteropatriarcal? ¿En verdad he trabajado en la deconstrucción del amor romántico? ¿Debería intentar con una compañera? ¿Plantearme un esquema poliamoroso?

Estas preguntas me han llevado, de entrada, a un punto: sé lo que NO quiero de un vínculo. Y lo que sí deseo se ha reformulado (y seguirá haciéndolo) con el paso del tiempo. Sé que quiero vivir el amor de una manera distinta, libre y plena con el que elegí como compañero. Estas son algunas de las pautas que, personalmente, han hecho de mi relación un espacio sano y satisfactorio.

Relación
Fuente: Soppy

1. Responsabilidad emocional

Dicen por ahí que la mujer indicada puede hacer que un demonio se convierta en un ángel. Y pues sí, fui socializada como un ser paciente, cariñoso y comprensivo. En una ocasión, mi compañero atravesó por un momento familiar muy complicado y se encontraba sumamente frustrado con la situación. Todo se volvió pesimista a sus ojos y cualquier sugerencia hecha era para él otro problema. “Está todo perdido”, “el futuro sólo se pondrá peor”. Hasta que no pude más y señalé lo incómoda que me sentía, que entendía su dolor, pero que aquello se estaba convirtiendo en un berrinche interminable. 

Por supuesto, no pude escapar de la culpa de decirlo. Me preguntaba si era adecuado expresar mi sentir cuando la situación personal de mi compañero era delicada y necesitaba, más que nunca, de mis cuidados y mi soporte. Era muy doloroso para mí verlo en esas condiciones, quería hacer todo lo que estuviera en mi mano para que él pudiera superarlo y seguir de la mejor manera posible. Pero después visualicé dos cosas: que si él no tenía la voluntad de cambiar nada pasaría, y que expresar mi sentir en ese momento de la relación era completamente justo. Yo también necesitaba cuidar de mí. 

Hay una enorme diferencia entre acompañar durante los procesos de sanación y delegar (o asumir) la trascendencia de los mismos. Mi compañero es un adulto capaz de tomar la responsabilidad de su salud emocional y yo no soy una terapeuta. “Es que sí le está echando ganas”, “a lo mejor es cierto y yo debo ser más comprensiva”, “es que aquel evento en verdad fue muy duro para él”. El amor no puede crecer bajo la idea de que el otrx es un redentor que me salvará de mis miedos o malas experiencias.

2. Solidaridad

Hace tiempo, cuando estaba sumamente frustrada porque no conseguía ninguna entrevista laboral, fue mi compañero quien me dio el aviso de una vacante en la empresa en la que actualmente laboro. Cuando él estuvo en la misma situación, fui yo quien le comentó de una oferta en el sitio en el que ahora trabaja. Una vez estuve muy atorada con un texto teórico dificilísimo para una de mis clases; él leyó conmigo y me dio ejemplos muy útiles. En otra ocasión, nos organizamos para que yo le diera estrategias con las cuales él pudiera acreditar su examen de idioma. Desde compartir comida hasta pasar juntos toda una noche en espera de un diagnóstico médico para nuestros respectivos familiares. 

Cuidar y procurar no es lo mismo que aguantar. Ni mi compañero ni yo podemos pedirnos o entregarnos más de lo que es justo, nada que nos desgaste o fragmente. Pero sí que hay maneras de estar ahí para el otro. Cuando llegan momentos difíciles y toca infundirnos ánimos y ser un soporte. Al compartirnos saberes que nos ayudan a crecer y a mejorar como personas (y por ende, como vínculo). Cada vez que nos alentamos para concretar proyectos y creemos en el otrx. En cada ocasión que escuchamos o pedimos un consejo. Cuando entendemos la palabra compañerx en toda su extensión y apostamos siempre por la reciprocidad. 

Relación
Fuente: https://todoporhacer.org

3. Empatía

La frase “estás exagerando” fue dicha por ambxs en varias ocasiones. Yo le comentaba sin tapujos a mi compañero que sí era posible que trabajara sin descuidar la escuela. Que sólo debía poner más empeño en ambas labores. Que había personas que se ponían a chingarle en vez de lamentarse de sus condiciones. Antes de señalar estas cosas nunca me detuve a pensar en las facilidades que yo tuve para estudiar sin preocuparme por recursos materiales, ni en lo desgastante de una jornada doble. 

En no pocas ocasiones me sorprendí a mí misma exigiendo lo que ni siquiera me correspondía. Hasta diría que, incluso, ambxs llegamos a tener episodios absurdamente competitivos sobre quién la tenía peor o quién sufría más.

Tomarnos como seres completos y complejos nos ha permitido mirarnos en el mismo nivel de importancia, así como ser realistas respecto a nuestras limitaciones en la comprensión mutua, por ejemplo, cuando él se da cuenta de que las vivencias de violencia que yo he experimentado están marcadas por factores distintos a los suyos; y eso alejó las “exageraciones” y los “dramas”. Tampoco hay intentos por asumir que podemos comprendernos al 100 por ciento; a veces es más respetuoso y útil simplemente acompañar. Considerar lo que el otrx quiere, necesita y desea ha facilitado la división de tareas y la toma de acuerdos. Plus: también vuelve más placentera la intimidad sexual.  

4. El vínculo debe ser autocrítico

En un momento tuve que decirlo: “siento que me asfixio”.  Percibía que yo era el centro de la vida de mi compañero, que veía en mí la promesa del “y vivieron felices”. Claro, no como en un cuento de hadas, pero mientras yo lo ubicaba como una parte esencial, junto a mi carrera, mis amigxs y familia, tenía la impresión de que para él yo era todo y que sin mí, no le quedaba nada. Esa no era mi idea de amor, no quería un cariño esclavizador. Luego de que yo expuse las razones por las que me sentía abrumada, él trabajó en cuestionarse a sí mismo sobre este comportamiento. 

Al principio, yo nunca quería pensar en planes futuros porque me parecía muy intenso y sentimental. Después me abrí a la idea de que los anhelos no son malos por sí mismos. Mi compañero lo hizo a la inversa, cambió el punto del “juntxs por siempre”, al juntxs por el tiempo que decidamos, y admitió que ese tiempo puede abarcar meses, años o ¿toda la vida? Cualquiera que sea el caso, ya no se trata del destino, sino de una posibilidad. Poco a poco hemos buscado alternativas al dañino discurso de la pasión eterna y las almas gemelas.  

De lo contrario, eventualmente estallará, y puede que de la peor manera. El amor ha de ser valiente para plantear y afrontar preguntas que den paso a una actitud crítica: cuando tenemos una cita o saldremos de vacaciones, ¿quién se encarga de gestionar boletos, reservaciones, horarios?, ¿estoy cediendo demasiado en algo que no me gusta?, ¿nos estamos volviendo codependientes?, ¿estoy recibiendo/otorgando los cuidados que merezco/ el otrx merece?, ¿esto realmente está sumando a mi vida?, ¿por qué?

La sinceridad es mucho más que no decir mentiras: es hablar todo lo concerniente con respeto y confianza (si tengo miedo de la reacción de mi compañerx, algo anda mal). Y para dialogar, hay que señalarlo, es necesaria una chamba introspectiva muy, muy cuidadosa. Para que el vínculo crezca cada parte debe estar bien consciente de su sentir, de sus prácticas y de cómo esto afecta la relación. 

5. El aprendizaje es constante

No hay fórmulas. Esta es tan sólo una experiencia, la mía, y quise compartirla. A veces consideré terminar mi relación porque sentía que mi búsqueda no tenía sentido a pesar de la dicha, que la deconstrucción tenía que ser perfecta o era inservible. Cuando comencé a asumirme como feminista estaba convencida de que mi compañero también debía involucrarse y me encargué de “instruirlo”. Entonces creí que era mi deber porque yo ya conocía cuestiones que él ignoraba. A veces los debates eran extenuantes, no obstante, no estaríamos aquí si él no hubiera mostrado apertura. 

Después terminé por separarlo de esa parte de mi vida. Su lugar ya no está en las marchas ni en eventos similares. De hecho, mi compañero no necesita tomar los espacios construidos por mujeres para contribuir. Lo sé ahora. Lo sabe ahora. Lo sabemos ahora. Sus acciones han de ser otras y esa labor es completamente suya. Lo aprendimos con el tiempo, como todo lo escrito en este artículo. 

Hemos tenido (y tendremos) momentos de confrontación. También, ambxs tenemos el deseo de vivir esta relación como un espacio que nos permita sentir segurxs, en confianza y en plenitud. Como un espacio en el que realmente queramos quedarnos y que aporte a nuestras vidas en lugar de ser una carga más. Nos hemos equivocado, pero también hemos trabajado arduamente para conocernos en serio y cultivar nuestro vínculo. Por ahora, tenemos claro que este es un camino que se construye y reconstruye con cada día que hemos decidido compartirnos.