La idea del amor que tengo ahora es muy distinta a la que tenía de adolescente. Ahora creo que una relación afectiva puede vivirse de maneras diversas, pero hace unos años concebía solamente una, plagada de gordofobia. El amor era heterosexual y debía adherirse a un conjunto de reglas muy específicas, ninguna de las cuales me incluía.

El chico tenía que ser más alto que la chica. Era obligatorio que también fuera más fuerte y que, por alguna razón, pudiera levantarla del piso para darle un beso. Por ende, la chica debía ser delicada, frágil y talla cero. Obviamente.

¿Y por qué no levantarlo a él?

A los 15 años, cuando apenas comenzaba a adaptarme a la pubertad, ya sabía que algo estaba mal con mi cuerpo. Era una niña alta y un poco tosca. No era bajo ninguna circunstancia alguien que podrías llamar “obesa”, pero tampoco era delgada, y para mí eso era una falla imperdonable. De no ser por mi peso, habría cumplido con el ideal de belleza hegemónica que era vigente entonces: era rubia y blanca. Pero no era flaca, y eso fue suficiente para obsesionarme.

Los comentarios de mis familiares, las miradas punitivas cuando se me ocurría pedir una rebanada más de pastel en las fiestas de mis amigos, los “estás muy bonita…de la cara” me habían convencido de que no iba a ser amada por nadie hasta que no perdiera peso. Pronto empecé a despreciar la comida y pensar que disfrutarla no era normal, que era un fracaso personal.

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La culpa nunca fue tuya, pastel.

No importaba que algún chico se mostrara interesado en mí, que alguien intentara coquetearme o acercarse. La idea del amor que tenía en la cabeza, la que veía en las series, películas y libros jamás podría incluirme, punto. Cualquier actitud que indicara lo contrario tenía forzosamente que ser producto de mi imaginación. 

Tal era la influencia de la gordofobia que sentía hacia mí misma. La sociedad que no aceptaba más que un solo tipo de cuerpo, una sola manera de existir en las relaciones, me mantenía congelada en un estado de gaslighting que aún no me sacudo del todo. 

Ahora miro atrás y sé que las oportunidades de vivir ese ingenuo enamoramiento adolescente estuvieron ahí, pero nunca me permití creer en ellas. Las dietas llegaron a mi vida y pronto vi mi sueño cumplido. A través de restricciones absurdas que me llevaron al punto de dudar en comerme un plato de brócoli, llegué a estar muy por debajo de mi peso ideal. Los halagos me llovían y recibía más atención masculina que nunca. Al fin parecía que podía permitirme el amor. 

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Pero no. Esa época en la que podía ver claramente los huesos de mi clavícula fue, de hecho, la más triste de mi vida. El momento en el que alcancé la delgadez descubrí que no me quedaba nada más. Durante mi adolescencia no aspiré a ser más creativa, más fuerte, más empática. Mi principal meta en la vida era ser flaca y el resultado me dejó vacía. 

Pese a todo, eventualmente me vi involucrada en relaciones afectivas, con todos los altibajos que conllevan. Aprendí que había más cualidades en mí que podían resultar atractivas. Esto es una realidad que no tendría que ser tan difícil de imaginar, pero me costó bastante hacerlo. Fue aún más difícil aprender que no tenía que hacer nada especial para ser “digna de amor”, que el solo concepto era una falacia. Todas somos deseables y podemos ser amadas en cualquier talla.

Por suerte ahora tenemos a instagramers como Taylor <3

Sin embargo, la gordofobia que alguna vez ejercí sobre mí misma con tanta fuerza aún se asoma en varios momentos de mi vida. ¿Y cómo no va a hacerlo, si el mundo continuamos bombardeándonos con dietas nocivas, rutinas de ejercicio e imágenes inalcanzables de cómo debe verse una mujer? El proceso de aceptación de nuestros cuerpos es crucial, pero está plagado de obstáculos. Se necesitan cantidades ingentes de paciencia para que algunas nos sintamos contentas en nuestra propia piel.

Por suerte, hay cada vez más valientes mujeres compartiendo sus historias y llenando las redes de amor propio y orgullo. Comunidades como Gordxs con Alma, Gorda Irredenta y STOP Gordofobia son una gran fuente de apoyo cuando las inseguridades regresan. Finalmente, no se trata nunca de moldear nuestros cuerpos a lo requerido por una sociedad gordofóbica. La única deuda que tenemos es con nosotras mismas y con los años que hemos pasado creyendo que no somos suficiente.

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