Hace poco, discutí con mi pareja porque no respetó la división de la limpieza doméstica que habíamos acordado. Ambos trabajamos y estudiamos; sin embargo, me di cuenta de que a las mujeres nos educan para ser multifuncionales. Nos volvemos personas que desarrollamos un sexto sentido para mantener a flote el lugar donde vivimos.

La discusión inició cuando, al barrer nuestra habitación, noté la cantidad de polvo que salía porque él no la había limpiado en más de dos semanas. Para rematar, encontré empaques de comida debajo de la cama y botellas de refresco vacías. 

Ese descubrimiento fue el colmo de una semana emocionalmente agotadora en la que tuve que ignorar mis emociones para dedicarme a encontrar empleo. Y a pesar de ello, este “sexto sentido” que mantiene mi hogar en orden, me dijo: “Es hora de limpiar este lugar, ya acabó la semana, nada de descanso, todo es un cochinero”.

La importancia que le damos a nuestros espacios, a mantenerlos limpios y en orden, es distinta al ser mujer y ser hombre. Del mismo modo, se nos enseñó que nuestro derecho a descansar, luego de cumplir con nuestras responsabilidades, es equivalente al género con el que nos identificaron. 

Los géneros y el trabajo doméstico no remunerado

La realidad es que no me casé, pero vivo con alguien, trabajo y estudio. Evidentemente no puedo, ni quiero, pagar para que alguien limpie mi casa, y la persona con quien comparto mi espacio no sabe limpiar, así que sin querer acabé limpiando yo. Como me enseñaron.

Cuando vivía con mi madre, muchas veces escuché la frase: “Aprende a hacer el quehacer para que cuando te cases, lo hagas bien”. Yo respondía que no quería hacerlo y que casada pagaría para que lo hicieran por mí, porque odiaba limpiar. 

En el 2017, el INEGI mostró que desde niñas se nos instruye para realizar estas tareas: “Con relación a las labores realizadas por los menores de entre 5 y 11 años, las niñas aportaron el correspondiente a 6,004 pesos, mientras que los niños colaboraron con 5,393 pesos en el mismo año.”

Al hombre con quien vivo lo educaron para pensar que su casa siempre la limpiarían las mujeres de su vida… madre, tías, abuela, etc. Y además, si ellas no lo hacían, estaba la posibilidad de pagar (a otra mujer) para que ella se encargara.

Es cierto que mi madre nunca me dijo que yo debía saber hacerlo por ser mujer, ni a él le mencionaron que no debía aprender esas cosas por ser hombre. Pero esas especificaciones no fueron necesarias.

Traté de entender por qué al hombre con quien vivo no le interesaba ni se daba cuenta de que el momento de limpiar había llegado. Esto me llevó a sufrir un desgaste mental que se agrandó con el paso del tiempo. Fue peor cuando empecé a reflexionar y recordé que esto ya me había pasado, con mi padre. Él tenía exactamente estas actitudes, si de él dependía la casa se caería de mugre antes de que eso le incomodara. Esto se repetía ahora con mi pareja. 

¿Es exagerado reclamar a los hombres que mantengan limpios los espacios que compartimos?

Mientras escribía este texto, me pregunté muchas veces si en realidad yo estaba exagerando. La respuesta fue un “no” cada vez que dudé de mis emociones. Tengo claro que las omisiones por parte del hombre con quien comparto mi hogar me enojan, me estresan y me hacen sentir agobiada.

Después de reafirmarme que la situación me estaba lacerando emocional y mentalmente, noté que, al igual que él, cumplo con todas mis obligaciones, pero además yo me preocupo por mantener mi casa en orden y limpia. Sin embargo, para él no es lo importante ocuparse por el trabajo doméstico. Así que cargué con esta responsabilidad sola, llegando a un punto de desgaste con el que ya no pude seguir.

Teresa Guerra explica lo anterior en  Forbes: 

La sobrecarga de trabajo genera profundas desigualdades entre hombres y mujeres en el uso del tiempo, limitando la posibilidad de éstas para incorporarse al mercado laboral, acceder a la educación y participar en la vida pública y política; asimismo, restringe su acceso a la cultura, el arte, el deporte, al ocio. Todo esto constituye una clara limitación a la autonomía de las mujeres y al desarrollo de sus capacidades.

Frente al típico mensaje con el que nos restriegan las libertades que tenemos: “las mujeres ya tienen derechos y libertades, pueden trabajar, estudiar y elegir su futuro, ya no son obligadas a casarse, etc.”. Yo respondo que, efectivamente, muchas mujeres lucharon por que tuviéramos esos derechos, pero las condiciones bajo los cuales los ejercemos son diametralmente distintas a comparación de los hombres.

Silvia Federici en Revolución en punto cero nos resume lo anterior:

Lograr un segundo empleo nunca nos ha liberado del primero. El doble empleo tan solo ha supuesto para las mujeres tener incluso menos tiempo y energía para luchar contra ambos.

Sin importar nuestro papel en casa como miembros de la familia y con todas esas libertades, nosotras seguimos siendo instruidas para ser mujeres responsables de nuestras casas y hacernos cargo de las labores domésticas que implica mantener un hogar a flote. Además de todo ello, soportamos el desgaste físico y mental que implica ser las únicas responsables del trabajo doméstico.

La educación recibida por años nos afecta

Cuando aprendemos la importancia de limpiar, ordenar y mantener una casa a la par de estudiar, trabajar, ser madres, hijas y hermanas, entendemos que hay que ahorrar tiempo. Economizar nuestros esfuerzos para evitar desgastarnos es vital porque el trabajo doméstico es cansado y demandante.

Aprendemos a hacer todo en menos tiempo, nos volvemos rápidas en las tareas del hogar para poder dedicar tiempo a nuestras otras responsabilidades. Sin embargo, el cansancio se acumula y tarde o temprano llegan los malestares que fueron creándose gracias a estas condiciones.

Hortensia Moreno expone en Trabajo doméstico que: 

No es la actividad física lo que va provocando un malestar insidioso, sino la carga de significados e insignificancias que se va depositando en su práctica. Se trata de actividades anodinas, rutinarias, aburridas, sin posibilidad de trascendencia, sin visión de futuro. Son precisamente la sencillez y la repetición, la falta de proyección y la limitada perspectiva las que convierten al trabajo doméstico en una carga que no todas las mujeres estamos dispuestas a llevar sin levantar una protesta.

Somos productivas porque temprano vamos a trabajar, por la tarde a la escuela o a un segundo trabajo. Y de noche, mientras los hombres con quienes compartimos nuestros hogares descansan, ven televisión o hacen tarea, nosotras cocinamos, limpiamos la casa y lavamos ropa.

Hemos entendido que, mientras mayor sea nuestra eficacia, más tiempo tendremos para nosotras, para descansar, o para algún hobbie. Pero el agotamiento mental y físico nos impide emplear el tiempo en ello y perdemos el derecho al ocio que se supone nos ganamos. Pero es culpa nuestra ser mal organizadas, nadie nos lo quita ¿o sí?

Marcelina Bautista dice en la revista de derechos humanos Dfensor

La mujer está condicionada y está enmarcada dentro de la marginación, los derechos que se les imponen y que ellas apropian son solamente a cuidar hijos y el hogar en general. Esto es un factor que por generaciones ha prevalecido, además de que implica un grado mayor de responsabilidad y una carga permanente de preocupación en sus vidas.

El cansancio mental y físico que nos genera la limpieza doméstica cuando no es equitativa

El problema aumenta cuando pensamos: “No lo haré más, mi papá/hermano/ pareja, etc., se hartará de ver todo sucio y decidirá limpiar, yo estoy cansada”. Pero el hombre en cuestión no mueve ni un dedo y, si tenemos suerte, no nos reclama. Pueden pasar muchos días y la mugre irá en aumento. A ellos no les molesta tener un hogar sucio porque aprendieron que, en algún momento, alguien lo limpiará y si no… ¿qué importa?

Llegó el día en que me di cuenta de que esto no iba a cambiar y entonces lo confronté.

Después de externar mi sentir, me liberé. Estaba menos agobiada y logré entender que, en efecto, al hombre con quien vivo no le importa la limpieza porque lo formaron para ser un excelente hijo del patriarcado capitalista, un buen productor que solo sirva para ello y no se desgaste con las cosas de la casa, “cosas de mujeres”.

Retomando a Federici en Revolución en punto cero: “El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día tras día”.

El INEGI indica que: “durante 2017, el valor económico del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados alcanzó un nivel equivalente a 5.1 billones de pesos, lo que representó el 23.3% del PIB del país”.

Este proceso de reflexión me permitió liberarme del estrés acumulado. Pero al mismo tiempo entiendo que es un privilegio con el que no todas las mujeres contamos. O al menos no en todo momento, por ejemplo, cuando vivía con mi padre. Tomando eso en cuenta, en Oleaje creemos que empezar a reflexionar acerca de estas violencias que vivimos es necesario para lograr entenderlas y nombrarlas. Lo que nos permite luchar contra ellas.

Compartimos esta reflexión con otras mujeres porque sabemos que muchas no tenemos nuestros propios espacios y estamos buscando lugares seguros. En Oleaje construimos esos espacios con las herramientas que tenemos. Desde el mundo virtual, compartiendo experiencias y pensando en torno a ellas.

Si te sientes identificada con este proceso ¡escríbenos!, no estamos solas por que nos tenemos a nosotras. Creo que juntas podemos cambiar la forma en que nos han educado, y así pensar en otras formas de educar a las niñas y niños de nuestro alrededor.