Odio: la emoción que el patriarcado le prohibió a las mujeres

El odio es un sentimiento masculino. Los hombres tienen permitido hablar de odio, de rabia y de enojo; pueden alzar la voz para expresar sus emociones negativas, rudas, varoniles y agresivas. El odio se expresa de ese modo, con acciones, tonos de voz e incluso palabras ofensivas y violentas.

Sarah Ahmed nos dice: “El odio es una emoción intensa; implica un sentimiento de ‘estar en contra de’ que siempre, en el sentido fenomenológico, es intencional.” Así, el odio es la única emoción que está mal vista o es reprochada, cuando quien la externa es una mujer.

Aquello contradice directamente el concepto de feminidad que la sociedad nos impone. Sobre esto, Simone de Beauvoir escribe:

La mujer es, por excelencia, la «pasta maleable» que se deja pasivamente amasar y moldear; al mismo tiempo que cede, resiste, lo cual permite que la acción masculina se perpetúe.

Hace tiempo pensé en hablar del odio que sentía hacia el violentador de una persona muy cercana y querida para mí: mi madre. Me alejé de ella por culpa suya; mientras eso ocurrió, comenté con personas el miedo, el dolor y la tristeza que sentía. Pero oculté la rabia y el odio hacia él. De forma inconsciente asumí que las emociones aceptadas y las que podía expresar eran aquellas que me hacían sentir vulnerable.

Me di cuenta de que nunca estuvo bien visto decir cuánto lo odié por haber creado una brecha entre mi madre y yo. Eso lo reprimí por mucho tiempo. En vez de hacer notar que lo odiaba, decía que estaba triste, que me sentía sola, que tenía miedo de cómo retomar mi relación con mi madre. Esta forma de expresarme lo volvió el protagonista en mis emociones, y externarlo de tal modo, sólo me hacía sentir más vulnerable.

“Lo odio”.

Hasta antes de escribir este texto sólo pude decirlo una vez. Se lo grité con furia a mi madre: lo odio porque llegó a violentar nuestro espacio seguro. Sin embargo, no pude repetir esas palabras a nadie más.

Lo que una mujer debe sentir

Al considerar lo que el patriarcado nos ha permitido y limitado sentir como mujeres, expresar nuestras emociones adquiere un significado relevante. Es necesario entender que el odio tiene un papel importante en la conformación de los cuerpos que lo sienten; funciona como generador de una defensa contra una lesión. En palabras de Sara Ahmed:

Las emociones funcionan como una forma de capital: el afecto se produce como efecto de su circulación. Los signos incrementan su valor afectivo como producto del movimiento entre ellos: mientras más signos circulan, más afectivos se vuelven.

Si pensamos en las emociones como una forma de capital, es fácil entender que, históricamente, tengamos restringido nuestro acceso a ese tipo de capital. La parte del odio nos está prohibida pues nos permite usarlo como defensa, nos permite hasta cierto punto protegernos o luchar contra eso que nos lastima y mientras menos capital para defendernos tengamos, es mejor para el sistema patriarcal mantenernos sumisas y obedientes.

El odio es parte de la conformación de nuestros cuerpos. Las mujeres nos hemos visto restringidas a esta forma de construirnos, se nos ha negado la posibilidad de sentir esta emoción. Lo anterior ha provocado negarnos un un método de defensa.

El odio y la libertad de las mujeres para sentir

El odio es un sentimiento negativo, que se asocia con las mujeres “malas”  y sin capacidad de amar. La sociedad nos impone “el deber de amar” por sobre cualquier otro sentimiento; además, es una cualidad de la buena esposa, madre, hermana, hija, nieta, sobrina etc., incluso debemos amar al otro tanto o más que a nosotras mismas. Retomando a Beauvoir:

Antes de ser madre del género humano, Eva es compañera de Adán; le ha sido dada al hombre para que éste la posea y la fecunde, no es sólo un placer subjetivo y efímero lo que el hombre busca en el acto sexual. Quiere conquistar, tomar, poseer; tener una mujer es vencerla; la mujer es la presa de su esposo, su bien.

Reflexionar sobre las emociones que sentimos y sus formas de expresarlas, nos permite entender cómo nos hemos construido como seres que sienten. A partir de aquello que nos ha sido impuesto, lo que “podemos” o “debemos” sentir, repensamos las prohibiciones que nos han sido impuestas y plantearnos un cambio.

Como mencioné, nombrar el odio hacia alguien es una acción totalmente fuerte, llena de agresividad, fuerza y valor, cualidades destacadas y apreciadas en el hombre y el género masculino. Por lo anterior, me pregunto: ¿Por qué nosotras debemos hablar de lo que sentimos sólo si nos vulnera?

¿Porqué hablar de lo que nos hace ver débiles, frágiles y sensibles está bien, pero no de una emoción que nos da fuerza, valor y agresividad?

Los  papeles que nos han impuesto socialmente nos enseñan a amar y a ser pacientes con el prójimo y a callar los sentimientos que nos ayudan a defendernos.  Las mujeres alargamos nuestra paciencia en situaciones incómodas o de riesgo, hasta que llega un punto en el que explotamos; sólo entonces algunas nos atrevemos a expresar nuestro hartazgo, ira, odio… y usualmente se nos juzga.

Por donde se vea, las emociones negativas no están permitidas para nosotras y quienes se atreven expresarlas, son desacreditadas por medio de gaslighting, culpa, chantaje y manipulación.

Expresar lo que sentimos se vuelve un acto político cuando socialmente no se nos permite hacerlo, menos si se tratan emociones que nos empoderan al darnos un medio de defensa.

Hablar del odio es un acto de resistencia por ser mujeres en una sociedad que nos odia y que puede expresarlo libremente, sin represalias ni justicia.

Eva Leyva

Feminista ante todo, escritora, estudiante, lectora y orgullosa integrante de Oleaje

2 Comments

  1. Jacqueline Matamoros

    ¡Excelente artículo! Me encanta que lleven a todos los terrenos la consigna “lo personal es político”.

    Saludos

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  2. XMC.pl

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