Opinión y testimonio: violadas por policías en la CDMX

Vivimos en una realidad distópica donde tomar un taxi, tras una jornada exhaustiva, podría significar ser violadas, asesinadas y desechadas en una carretera. De igual forma, ver el parpadeo luminoso de azul y rojo al final de una calle oscura, implica ser “levantada” y violada por policías.

La culpa siempre recae en nosotras, por no saber cómo reaccionar, por no contar con las herramientas de defensa necesarias, o el temple de acero en una situación crítica y de violencia brutal; simplemente: por no haber logrado escapar.

El tres de agosto de 2019, una mujer menor de edad fue violada por cuatro policías en una patrulla. La subieron a la fuerza, después de cazarla un rato en la calle, intimidándola. Ella declaró que desde que vio la patrulla sintió desconfianza. 

¿Qué hacían cuatro policías en una patrulla preguntando a jovencitas si saben lo peligrosa que es la zona de noche? ¿Es posible que hubieran decidido y planeado violar de manera grupal a la primera chica sola que se cruzaran?

El resto de las circunstancias de esa noche carecen de importancia. Las redes sociales se llenan de polémica sobre si la víctima debió hacer un sinnúmero de cosas para evitar ser violada, o hay quienes incluso la tachan de mentirosa.

Pero a ella, la mujer menor de edad que estaba caminando hacia su casa, nada le quitará que es otra sobreviviente de abuso sexual en México. 

Cifras: en 2017 se registraron 36,158 delitos sexuales, de los cuales, 44% son de abuso sexual, y en donde 9 de cada 10 víctimas fueron mujeres. Sabemos que la violencia continúa escalando cada año, así que las cifras de 2019 deben ser muy superiores. 

Cotidianidad: todas tenemos amigas, familiares mujeres o conocidas que han sido violadas o abusadas sexualmente. Algunas, somos ellas.

Terror y desprecio al puerco 

La primera vez que me subieron a una patrulla fue por beber cerveza en un parque público. Tuve mucha suerte, los policías sólo me quitaron mi reproductor MP3 y mi chamarras. No traía algo más de valor. En esa época no se me ocurrió pensar que lo único valioso ahí era mi cuerpo, y que se fue a salvo.

Sin embargo, un par de años después, un granadero me violó contra la maceta de otro parque público. Esa vez mi delito, según ellos, fue usar botas punks y caminar a las 2 A.M. por el Centro Histórico. Era “peligrosa”.

Pero esa es otra mentira. Las mujeres ante los policías no cometemos delitos. Eso sería que ellos reconocieran, en primer lugar, nuestro estatus como ciudadanas, como humanos que tienen derechos y deben cumplir leyes. Nosotras somos huecos, tetas, culos. Seres que si se trasladan de un lugar a otro deben ser transgredidos de todas las formas posibles. Muñecas sexuales que suplican tener pitos adentro por el simple hecho de andar solas.

Cuando el granadero terminó de violarme, me di cuenta de que el terror era el verdadero origen del dolor brutal que sufría mi cuerpo. A pesar de las punzadas en mis costillas y el ardor palpitante en mi vagina, yo no podía dejar de temblar por saber que no había forma de obtener justicia, ni asegurar que esto no me volviera a suceder. Pensé, destruida, que policías y granaderos siempre habría en la ciudad, cazando.

Sí estamos solas

Hay una soledad colectiva que enfrentamos las mujeres del mundo. Juntas permanecemos vulnerables ante la violencia estructural y el patriarcado que, por ejemplo, han convencido a cuatro policías de que violar grupalmente a una mujer en una patrulla es algo permisible, excitante y fácil. 

Ser violadas es normal en México. Diario hay noticias al respecto, datos duros, denuncias, debates en radio y televisión. También está el terror mediático deshaciendo nuestra confianza en caminar solas o tomar un servicio de transporte, público o privado. 

Y nos mandamos mensajes para avisar dónde estamos. Le llamamos a las mujeres de nuestras vidas para explicar que seguimos enteras aunque salimos a la calle. Revisamos en tiempo real la ubicación de la otra mientras cada una parte a zonas diferentes de la ciudad.

En el testimonio de la chica violada por los policías, ella describió:

“Me subieron a la parte trasera, dos policías me agarraron de las manos y los pies, otro me quitó el pantalón y me bajo la pantaleta, luego la hizo a un lado y me penetró. Luego se bajó de la patrulla y siguió el otro, luego el otro y así pasaron los cuatro”.

No es suficiente. En nosotras no está la solución. No somos las responsables. No somos las culpables. 

Pienso en si necesario suplicar: “déjennos vivir en paz, por favor”. Aunque no hay ante quién ponernos de rodillas para esperar ese milagro. Se trata de algo por encima de nosotras, inalcanzable aunque nos golpea todos los días.


Sofía Rescala

Feminista, escritora, orgullosa integrante de la Colectiva Oleaje. Puedes leer todos mis artículos aquí.

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