Después de un largo camino, el 26 de diciembre, Estefanía Millán y yo descendimos del autobús que nos transportó de la CDMX al anochecido caracol zapatista Torbellino de nuestras palabras. Llegábamos al Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que luchan. Las compañeras Milicianas nos esperaban para ayudarnos a cargar nuestro equipaje y, con paciencia, esperaban a que eligiéramos dónde acampar y colocar las maletas. Con lámpara en mano, armamos nuestra tienda de campaña, después nos dirigimos a buscar un baño y algo para cenar. En la oscuridad de la montaña, se escuchaban saludos, abrazos y encuentros fortuitos: “¡qué gusto verte!, ¡no sabía que vendrías!, ¡qué emoción!”.

Las colinas y espacios libres estaban abarrotados de casas de campaña. La fila de camiones que esperaban ingresar era interminable y continuarían llegando hasta la tarde del siguiente día.  

Mujeres que luchan
Foto: Estefanía Millán

Por la mañana, con unas buenas horas de sueño, el sol penetrante reveló las cocinas que las compañeras instalaron alrededor de la explanada, los puestos de elotes y chayotes hervidos, café y ponche. El humo de la leña se confundía con la neblina de la mañana. Las mujeres, conforme despertaban, comenzaron a reconocer el terreno.

Al mediodía, nos sorprendió la inauguración con las palabras de la Comandanta Amanda y con el despliegue de las Milicianas. En muchos medios circulan fotos y videos de lo último, pero resulta casi indescriptible la sorpresa que nos causó observar a adolescentes entre 15 y 19 años erguirse con dignidad, y al mismo tiempo, jugar con el significado de una cumbia que, en los últimos años, había sido criticada por su contenido lírico: me refiero a “17 años” de Los Ángeles Azules.

Un gran conversatorio de mujeres

En seguida comenzó el trabajo emocional. Para Oleaje, este proceso no es ajeno. La revista surgió después de dos años y medio de conversatorios, en los que contábamos nuestras heridas, miedos, sueños y experiencias pasadas. Con todo, nos impresionó la potencia política de un gran conversatorio de mujeres, con micrófono abierto y bocinas a todo volumen. Sólo ahí podía realizarse este ejercicio: era un espacio libre de hombres, y en cada cuerpo presente, habitaba una historia similar a la que se contaba en el templete.

Foto: Estefanía Millán

Lloramos y nos abrazamos. Entre cada testimonio las mujeres nunca pararon de gritar “no estás sola”, “no fue tu culpa”, “eres muy valiente” y más. Nosotras, las Oleaje, nos reencontramos con un proceso que siempre se extraña: saberse escuchada por tantas mujeres que, durante unos minutos, te ayudan a cargar el peso de tus recuerdos. 

A pesar de ello, en las comidas y mesas de trabajo, no pararon los cuestionamientos al ejercicio. Muchas se alarmaron por los procesos que se abrían al hablar por primera vez ante el micrófono, se preguntaban quién les daría seguimiento, qué peligros emocionales enfrentarían las compañeras que, después de hablar, se volvían más vulnerables.

Foto: Estefanía Millán

Por nuestra parte, creemos que dudar de la futura estabilidad de las compañeras, es dudar de sus capacidades, así como de la fuerza que detona romper el silencio sobre ciertas heridas. Desde nuestra experiencia, sabemos que compartir y saberse escuchada puede ser un acto revolucionario. También pensamos que los procesos emocionales encuentran poco a poco su cauce y que las condiciones que procuraron las compañeras zapatistas, es decir, una respuesta inmediata de cientos de mujeres, otorgaba la certeza de estar acompañadas.

Encuentro de mujeres que luchan

El segundo día, el espacio emocional continuó en el templete, mientras las mesas de trabajo se repartían los espacios techados. En las bocinas se escuchaba: “mesa de maternidad, carpa azul”, “mesa de abolicionismo, carpa verde”, “mesa de propuestas, carpa negra”. En cada mesa, las mujeres de todo el mundo y diferentes partes de la república nos impresionaron con su entereza, conocimiento, capacidad de organización y acción. 

Mujeres que luchan
Foto: Esfefanía Millán

Eran espacios para compartir, desde lo personal, las dudas sobre nuestras prácticas políticas, los pasos a seguir ante diversas circunstancias, leyes, protocolos internacionales, y en general, ante el sistema capitalista y patriarcal. Aquí, las mujeres que provenimos de las ciudades, sobre todo de la CDMX, pudimos confrontar nuestros privilegios, y todas las herramientas de las que disponemos para nuestras luchas, porque queda muy claro que desde las periferias las mujeres luchan con lo único que tienen: el cuerpo y su escucha. 

Mujeres que luchan
Foto: Estefanía Millán

Mujeres que luchan bailando

Después de la catarsis emocional y la planificación de proyectos políticos en común, un día para relajarnos resulta urgente. En el templete había una fila interminable de actrices, standuperas, cantantes y bailarinas que presentaron sus mejores números. A pesar de que la cartelera se organizó horas antes, parecía un evento cultural planeado con meses de anticipación. Las presentadoras dieron el mejor entretenimiento posible: comunicaban los anuncios sobre celulares extraviados, pasaportes encontrados y madres perdidas, porque aquí, los niños voceaban a sus mamás y no al revés.

Todas parecían más relajadas y tranquilas. Las mujeres se acostaban y acariciaban unas a otras mientras observaban el espectáculo. Era fácil comentar con la compa de a lado, aún sin conocerla, si nos había gustado el acto o no. En la explanada, las chicas que llevaron sus productos para vender, ahora daban masajes de relajación. Las espaldas desnudas hacían fila al costado de un puesto. Otras, sin mayor cuidado, comenzaron a tatuar, mientras que los puestos de blusas y bolsas bordadas zapatistas comenzaron a quedarse sin nada qué vender. 

Mujeres que luchan primerizas

Para las Oleaje, como mujeres de la ciudad con los privilegios y malos hábitos que esto conlleva, conocer este espacio implicó muchos cuestionamientos sobre las prácticas y los círculos de violencia en los que aún participamos. La Comandanta Amada, en el discurso de bienvenida, habló de los pleitos más comunes y banales que separan a las mujeres. Ese discurso no dejó de dar vueltas en mi cabeza. Las colectivas citadinas hemos caído en dinámicas de violencia, señalamiento y criminalización debido a nuestros privilegios.

Foto: Estefanía Millán

También, pensamos que es momento de bajar la voz y abrir espacios para que puedan expresarse aquellas mujeres que no se forjaron dentro de las instituciones educativas patriarcales de las que tanto nos quejamos. Pero, el mayor aprendizaje, fue la necesidad de respetar y asimilar con paciencia, los procesos externos que muchas mujeres han llevado con dignidad, entrega y compromiso inquebrantable.

Deuda con las compañeras zapatistas 

En todo México no existe un espacio así. Un lugar que reciba a cualquier mujer de cualquier parte del mundo, en donde se pueda experimentar la seguridad física y emocional que muchas mujeres procuramos. Y sí, hay que decirlo, el alivio de no convivir con hombres por unos días. 

Foto: Estefanía Millán

Del mismo modo, las zapatistas nos regalaron el espacio y el tiempo para sanar relaciones con otras mujeres, así como para conocer y encontrarnos con viejas amistades, liberar dudas y cuestionamientos. El tiempo pasó más lento para las de la ciudad, porque no tenemos que correr de un lado para otro, resolviendo problemas ajenos; pudimos sentarnos a platicar.

Reflexiones para el siguiente año

Debemos preguntarnos cuáles son las contradicciones de venir a un espacio donde otras mujeres trabajan para nuestra organización, porque de sol a sol, la impecable administración zapatista exigió faenas extenuantes. Al mismo tiempo, es necesario buscar formas para integrarnos a sus labores, evitando tomar tintes paternalistas.

Foto: Estefanía Millán

Finalmente, nos quedamos con una pregunta para nuestro trabajo feminista: ¿cómo podemos aprender a reconocer nuestros privilegios y mirarnos de forma horizontal y respetuosa? 

Permanezcamos vivas para discutirlo, abrazarnos y encontrarnos el próximo año, compañeras.