Romper alianza con los violentadores: sacar amigos de nuestra vida

Tomar la decisión de sacar de mi vida a un amigo que adoraba, que consideraba mi hermano, porque fue violento con su pareja, es de lo más difícil que he tenido que hacer. También ha tenido consecuencias muy dolorosas, pero si algo me ha enseñado es que la misoginia entre mujeres es real, y que debemos romper alianza con los violentadores. Hay que señalar a estos hombres; advertir de sus agresiones; evitar que sigan intoxicando nuestras vidas.

Detengamos la red de apoyo a estos amigos que joden la existencia de tantas mujeres que conocemos.

El inicio del silencio

Conocí a mi amiga en 2012, en plena carrera universitaria. Fue una conexión instantánea. Al mismo tiempo que inició esa amistad, ella comenzó una relación romántica que nos acompañó los siguientes cinco años de nuestras vidas. 

Recuerdo mucho un día que mi amiga me dijo: “No me deja sola ni para irme a mi casa. Me acompaña toda la línea del metro. Antes usaba ese tiempo para leer”.

Y poco a poco eso se convirtió en ley. No había instante donde estuvieran separados. 

Perder a un “hermano”

En parte por la carrera, pero principalmente por mi amiga, él y yo también entablamos una amistad. Para mí, fue un extraño alivio contar con su presencia en la universidad. Una vez, tuve un ataque de pánico en el metro; sin pensarlo, lo llamé al celular. Él tardó cinco minutos en salir corriendo de donde estaba para ir por mí; se abrió paso por el pasillo lleno de gente, a hora pico, y me levantó en un abrazo en cuanto pudo alcanzarme.

Esa era la forma en que él se aseguraba de volverse indispensable. Pienso mucho en que si esos esfuerzos, efímeros y alejados, me hicieron amarlo como un hermano, entonces todo lo que hizo por mi amiga, durante años, debió tejer una red impenetrable de necesidad y certeza.

Cuando decidí sacarlo de mi vida, también fue una pérdida. Recuerdo una noche en particular, cuando llegó ansioso y llorando a mi casa; o un día que vimos un maratón de los Simpson, sólo para tener ruido de fondo mientras platicamos hasta el amanecer. 

Romper alianza con los violentadores

Momentos de fortalecimiento en nuestra amistad hubo demasiados. Siguen siendo reales, pero no descartan que, al mismo tiempo, él estaba destruyendo emocionalmente a una de mis mejores amigas, ni que a ella le costaría años reponerse de ese dolor, mientras que él simplemente saltaría a una nueva relación.

Yo no tuve los detalles, pero suficiente fue para mí presenciar el odio con el que terminó tratando a mi amiga, para decidir que no podía aliarme con él, por muy mejor amigo o hermano que fuera. No era justo. Pensé, aterrada, que todo el cariño que sentía por él era una maldición. Era amar a un monstruo.

¿Qué pasa, entonces, con quienes deciden mantener al monstruo en su vida?

1. Ella no denunció a su violentador

Estoy cansada de escuchar que la responsabilidad recae en la víctima. Mi amiga no denunció a su ex, a pesar de tener pruebas y testigos. Para mí fue sencillo entender por qué: toda su energía estaba concentrada en salir de su depresión, en volver a amarse o, por lo menos, aceptarse. A perdonarse.

¿Se debe priorizar un proceso legal a la curación emocional? Además, hablamos de presentar una denuncia en el sistema legal mexicano. ¿Cuándo la justicia en México ha sido amable con las mujeres victimizadas? ¿Qué garantías dan para que cualquiera de nosotras iniciemos un proceso de este tipo?

El 93% de todos los delitos en México queda sin resolverse. Incluidos los sexuales, cuyas denuncias han aumentado un 20% en lo que va de 2019, según el Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP). 

Romper alianza con los violentadores

Quizá, algún día, mi amiga decida hacerlo. Mientras, ¿de verdad podemos justificar nuestras decisiones personales con base en lo que ella hizo o dejó de hacer?

Es pertinente que pongamos en perspectiva lo que esperamos que hagan otras mujeres, en vez de tomar acción directa para protegernos y aliarnos entre nosotras.

2. Ella no dejó en claro las violencias que sufrió

Aquello de “no me enteré”, “no creí que fuera tan grave”, “los dos eran tóxicos”, tampoco es suficiente para continuar aliándonos con estos agresores. En el caso de mi amiga, estoy segura que hubo muchos, incluyendo profesores, que fingieron que nada peligroso estaba ocurriendo.

Pero los signos estaban ahí: la falta de peso, la colitis constante, los arrebatos de furia llena de rencor, las entregas de amor ciego. El juego de poder se volvió un espectáculo, pero nadie dijo nada sino para criticar o juzgar.

Estoy segura que este escenario fue incentivado por las condiciones de nuestra universidad: privada, de alumnos que nunca habían trabajado, de profesores más interesados en ver con qué alumna se metían en vez de pensar qué sucedía con ellas. Aún más obvio: el color de piel. La mayoría de los alumnos eran blancos, y de profesores ni se diga.

Se percibió como romántico cada gesto obsesivo que él hizo para “conquistar” a mi amiga. Los regalos, favores, compañías, detalles. Se aceptó que eso es amor sincero, y que si ella no respondía al mismo nivel, entonces tenía algo mal en su persona. 

Para aclarar, en un documento sobre hostigamiento y acoso sexual, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) señala que el primero es el ejercicio de poder en una relación de subordinación real de la víctima frente al agresor en los ámbitos laboral y/o escolar, y el segundo es cualquier comportamiento –físico o verbal– de naturaleza sexual que tenga el propósito, o produzca el efecto, de atentar contra la dignidad de una persona.

Volviendo al punto, resultó, para muchos de nuestros conocidos, que el violentado fue él. 

Si en aquel momento lo creyeron, si las circunstancias de verdad parecían así, de nuevo me pregunto qué sucede ahora, años después, cuando es obvio que él simplemente brincó a otra relación, reproduciendo exactamente el mismo patrón de chantaje y “cortejo” con una nueva víctima.

¿Cómo lo pueden seguir defendiendo? ¿Cómo siguen haciéndose los ciegos a las violencias estructurales que hace con sus parejas?

Es extraño que para mí sea tan obvio, a pesar de que ya no lo tengo en mi vida; mientras que para otros (mujeres y hombres por igual) parece que se les resbala: salen con él, lo ven constantemente, lo invitan a sus reuniones y fiestas. 

¿Qué harán cuando otra morra deba rehacer su vida después de que el monstruo la quiebre por completo, sólo para buscar a otra que la reemplace? ¿Volverán a aislar, excluir e ignorar a esa chica, como lo hicieron con mi amiga?

3. Él ofrece una seguridad que vale la pena mantener

Se me ocurre que la respuesta es lo fácil que es tener a este hombre, en particular, como amigo. Vamos, que es de esos que te resuelven detalles prácticos de la casa, que nunca se niega a un favor, que se sobre esfuerza en ser aceptado y querido.

En mi caso, al ser una morra sin algún tipo de presencia masculina familiar, haber contado con este hombre fue maravilloso. De hecho, hasta me dio seguridades cuando andaba sola por la calle, porque pensaba: “Si algo malo sucede, puedo llamarle y me ayudará enseguida”. 

Me hice dependiente de su máscara de salvador. No me culpo. Es algo que he reflexionado con honestidad: hago tantos esfuerzos por mi cuenta, sola, todos los días, que contar con un hombre de confianza es una bocanada de aire en medio de un ahogo infinito.

Y creo que esto aplica para muchas de las mujeres que aún mantienen a este hombre en sus vidas. Claro que es más fácil tener a un cabrón que te resuelve mil cosas cotidianas, que tener a otra amiga dañada, quebrada, abandonada, que requiere amor y atención. Porque habemos muchas en esa situación.

¿Será ese el punto clave de la decisión? ¿Preferir hacernos pendejas para no complicar más nuestras vidas? Porque la amistad entre mujeres requiere de atención, constancia, honestidad y la admisión de que hay hombres que nos dañan, incluso aquellos que amamos y necesitamos.

4. Él es un trofeo en la competencia entre mujeres

Para colmo, este hombre es atractivo. Cuando mi amiga y él iniciaron su noviazgo, sé que varias se pusieron celosas. Despertó esta idea implantada por el patriarcado, de que ella había “ganado” algo por encima del resto de nosotras. Consiguió pareja, y eso la hizo mejor, superior, envidiable y odiable.

Esto no descarta otra realidad: que sí es un privilegio tener pareja. Sabemos que las mujeres con novio, esposo, incluso amante, ganan cierta posición social por esa simple razón. Los beneficios que obtienen, por ejemplo, son aceptación familiar, reconocimiento del valor de tu cuerpo y personalidad, y compañía.

Pienso en todas las veces que yo hubiera querido un novio que me atendiera, ayudara, escuchara, llevara, etc. Más en medio de la carrera, cuando estaba exhausta y harta. No todas tuvimos ese privilegio y la comparativa hace mella de muchas maneras.

Vi a muchas de nuestras compañeras disfrutar cuando ellos peleaban. Consolarlo a él. Dedicar tiempo, energía y atención al sufrimiento de él. Escuchar su versión y darla por hecho absoluto. Me duele pensar que toda esa energía la pudimos dedicar a construir redes de amor y apoyo entre nosotras; a acompañarnos y cuidarnos, sin necesidad de desear un novio.

Cuando ellos cortaron, muchas de ellas le enviaron mensajes de apoyo, ¿de insinuación, quizá? Porque él se volvió muy valioso por el tiempo que mi amiga lo tuvo “sólo para ella”. Porque también así se mide la importancia de un vato: a través de cuánto le duele a su ex verlo con otra mujer. 

Se vuelve un trofeo. Cosificamos al violentador y peligroso hombre para nuestro ego y vanidad. 

En cuanto mi amiga lo sacó de su vida, el resto de nuestras amigas y conocidas redoblaron esfuerzos por mantenerlo en las suyas. Total, “era mi amigo antes de que ellos fueran novios”, “no me quiero meter, ni tomar bandos”.

Pero sí toman un bando muy claro: el de la misoginia y el patriarcado.

5. No hay una postura feminista en nuestras relaciones personales

Tras la marcha del 25N, vi que muchas de mis amigas en Facebook eliminaron a quienes criticaron a las feministas, o que hicieron comentarios machistas y misóginos. Resulta que esas personas siempre estuvieron en su lista de amigos, viendo lo que hacían, checando sus fotos, revisando sus estados. Ellas se dieron cuenta de que ya ni siquiera en redes sociales valía la pena exponerse a ellos.

Yo llevo años eliminando de mis redes sociales a personas con las que no tengo relación directa, amistad o una postura política similar. Estoy cansada de que también, a través de estos medios, sea violentada por mi feminismo, o mansplaneada, criticada, etc.

Tomar consciencia sobre qué cantidad de tiempo tenemos y cómo la utilizamos también es un acto político. Prefiero invertir mi vida en generar soluciones, proponer espacios inclusivos, construir redes de apoyo; que discutiendo en Internet o dejándome herir por personas que en eso gastan su propio tiempo: en dañar y destruir. Mucho menos quiero “educar” a los hombres en el feminismo.

Dice Cecilia Winterfox en Las feministas no son responsables de educar a los hombres:

Es a la vez agotador y causa de distracción que se espere de una debatir cuestiones básicas con hombres que no se han tomado antes la molestia de pensar sobre su privilegio. Los hombres no tienen el derecho de esperar que las feministas las eduquen. El cambio real sólo ocurrirá cuando los hombres acepten que la responsabilidad de la educación recae sobre ellos y no sobre las mujeres.

En un sentido más profundo, esto aplica también para los hombres que han llegado a mi vida y luego he tenido que sacar. Son huecos en mis recuerdos, porque algo tuve con cada uno de ellos. Son dolores por las seguridades que me dieron y perdí… pero que aprendí a conseguir por mi propia cuenta.

No me siento más sola o desamparada cada vez que saco a un violentador de mi vida; me siento más segura. En especial, en Oleaje he comprobado que hay mucha paz en mis relaciones, y que me he vuelto un lugar seguro para varias amigas, que ahora también son garantías para otras mujeres.

Esa es la recompensa que obtenemos al aceptar que de todos los peligros que nos rodean por el simple hecho de ser mujeres, hay unos que sí podemos controlar y detener: aislar a estos depredadores, disfrazados de buenos amigos o amantes.

Sofía Rescala

Feminista, escritora, orgullosa integrante de la Colectiva Oleaje. Puedes leer todos mis artículos aquí.

3 Comments

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