El domingo por la mañana, los noticieros estadounidenses se llenaron con la imagen de Donald Trump victorioso interpelando a los votantes que lo llevaron a la presidencia. Éste, relató la caída del dirigente de las fuerzas armadas de ISIS, Abu Bakr al-Baghdadi. Presumiendo la fuerza de su castigo, describió los últimos momentos de su enemigo: “Gritando, llorando y gimiendo”, y remató con la frase “murió como un perro”. 

Castigo a las mujeres

Convenientemente, este despliegue de inteligencia y crueldad gringa se enmarca en el proceso de juicio político, impeachment, que enfrenta el mandatario en su país. Cargando tras de sí una investigación sobre la solicitud de intervención al presidente de Ucrania en los comicios de 2020, Trump necesitaba desesperadamente recordarles a sus votantes por qué él seguía siendo la mejor figura representativa para el país. 

El mensaje era claro: los norteamericanos pueden estar tranquilos, papá Trump se encarga de cuidar la casa mientras todos duermen. El sistema capitalista-patriarcal nos ha educado para buscar una figura que mantenga a toda costa la fantasía de seguridad y protección; a cambio, le ofrecemos, como buenos hijos obedientes, una aceptación incondicional y negación de sus violencias sistemáticas. 

El patriarca mexicano

Muchos mexicanos le exigieron lo mismo al presidente Andrés Manuel López Obrador, el pasado 17 de octubre, en torno a lo ocurrido en Culiacán, Sinaloa. Lydiette Carrión en su columna La trama previa escribió: 

Entonces la liberación de Ovidio Guzmán es un atentado contra el mandato de masculinidad de las fuerzas armadas. Los posibles muertos civiles no importan, en tanto las “bolas” del Ejecutivo sean patentes. 

Buscaban, ante todo, que el patriarca ejerciera su poder para castigar a quien se atreva a amenazar a sus inferiores. La sed de sangre y venganza, contravenía con los deseos de la población sinaloense, quienes, en una encuesta, revelaron que el 79% de la población respaldaba la decisión del presidente.

En  ellos parece persistir un enraizado deseo de ver humillado, a aquel que los dañó. Así, ha crecido la aprobación y aceptación de múltiples formas de castigo. Esto ha permitido que se difuminen los límites éticos en muchos espacios públicos.

Lo anterior desemboca en lo que llamamos la cultura de la violación. Con una “tolerancia” generalizada hacia las violencias machista, los espacios públicos se han convertido en el campo de acción para agresores verbales y físicos a los que nadie se atreve a detener.

Castigo a las mujeres

Rita Laura Segato en Las nuevas formas de guerra y el cuerpo de las mujeres nos dice: 

Es en la violencia ejecutada por medios sexuales donde se afirma la destrucción moral del enemigo, cuando no puede ser escenificada mediante la firma pública de un documento formal de rendición. En este contexto, el cuerpo de la mujer es el bastidor o soporte en que se escribe la derrota moral del enemigo.

https://www.youtube.com/watch?v=17ijWDlok2g&t=536s
Conferencia de Rita Segato sobre las pedagogías de la crueldad

Si bien, ella dice que en los conflictos bélicos, las mujeres no representamos el enemigo armado, pareciera que en las dinámicas íntimas de la vida privada, las mujeres nos hemos convertido en el enemigo a derrotar moralmente. 

Tal vez sea resultado de nuestras luchas ganadas; de nuestra tendencia a reconocernos como sujetos públicos y políticos; o sólo de la antiquísima misoginia, pero los hombres se encuentran cada vez más ofendidos por nuestra forma de habitar el mundo.

A estas alturas, he perdido la cuenta de la cantidad de veces que he escuchado historias en las que las mujeres, en una relación heterosexual, son humilladas de manera pública como castigo por “hacer sentir mal” a su pareja. Ese daño, generalmente implica un cojeo en la masculinidad del hombre. Lo anterior, a consecuencia de que la mujer no ha expresado suficientes reforzamientos a la virilidad y confianza de su pareja masculina. 

Si un hombre se siente herido, traicionado, es decir “humillado”, la mujer debe pagar con creces su atrevimiento. ¿En cuántas fiestas no han visto llegar a una pareja y luego ver al hombre coquetear con las asistentes? ¿Cuántas amigas no les han contado que sus exes, o, incluso novios, cambiaron sus fotos de perfiles por unas en las que salen con otras chicas? ¿Cuántas de sus exparejas no viven desbordados de felicidad con su nueva compañera?

Parecen hechos aislados, pero pertenecen a lo mismo. Un juego tortuoso en el que los hombres buscan recordarnos que “no fuimos suficientes mujeres para ellos”. Esto me trae a la mente las palabras de Angela Davis en Mujeres, raza y clase. En dicho texto, analiza el proceso abolicionista que vivió Estados Unidos en el siglo XIX. Ella cuenta que, después de que las mujeres se descubrieron sobrevivientes a todo tipo de torturas, comenzaron a confiar en su fuerza física y su potencial de pelea:

Según el razonamiento que pudieron haber seguido los propietarios de esclavos, si ellas habían alcanzado un sentido de su propia fuerza y habían desarrollado un poderoso impulso a resistir, las agresiones sexuales les recordarían su feminidad esencial e inalterable. Según la visión machista de la época esto significa pasividad, obediencia y debilidad.

Frecuentemente, la gran afrenta a la masculinidad es la independencia, expresión libre de los deseos y la autodeterminación. Es decir, cuando las mujeres enfocan su atención en sí mismas y no en sus parejas. 

Y, aunque en espacios abiertos, pocas parejas se aventuran a violentar a sus parejas sexualmente, sí buscan rebajar su valor moral por medio de la humillación y maltrato público. Por supuesto, rara vez, las personas intervienen. Como decía, estamos instruidos para aceptar el castigo a las mujeres por su mala conducta. Deben regresarnos al buen camino de las mujeres respetables.

Feminismo para liberarnos

Para la mala fortuna de las buenas costumbres, las mujeres feministas han comenzado a entablar lazos políticos y afectivos que construyen espacios seguros fuera de las relaciones de pareja. Contando nuestros testimonios y compartiendo espacios íntimos, hemos desmenuzado las herramientas que, históricamente, se han utilizado para sobajarnos. 

Poco a poco, he escuchado más historias en las que, aquellas mujeres a las que intentaron humillar, ahora se ríen de su violentador. Soltando la responsabilidad de “hacerlos felices”, hemos logrado ver la imagen ridícula que proyecta un hombre adulto que resulta incapaz de autoasegurarse su felicidad y su certeza emocional. 

Al dejar de depositar nuestro valor en ellos, los pilares de humo que sostienen a esa masculinidad “poderosa” se caen. 

Por ello, sujetos como Trump nos parecen tan ridículos. Es en el trabajo feminista que, las figuras autoritarias y violentas como él, ya no cuentan con toda la aprobación y apoyo de los que lo rodean. Por ejemplo, su secretario de seguridad, lo desmintió sobre sus afirmaciones en torno a la muerte de Abu Bakr al-Baghdadi. Igualmente, es fruto de nuestro trabajo que el linchamiento mediático hacia la decisión del Gabinete de Seguridad no perdurara. 

Por otro lado, nosotras comenzamos a mejorar en nuestra autovaloración y a detener el efecto de esas humillaciones sin sustento. Pienso en la última vez que un hombre intentó hacerme sentir mal, presumiendo a su chica frente a mí; lo único que se me atravesó por la cabeza fue: “ojalá que él sea capaz de darle todo lo que ella necesita”. 

Es importante que reconozcamos nuestra capacidad de transformación en todos los niveles de poder y en todas las prácticas políticas. Mientras más nos enfoquemos en nuestras capacidades, nuestra agenda, nuestros espacios seguros y nuestra red de mujeres. Más poder le quitamos al Estado represor.