La empatía me ayudó a salvarme, pero no fue fácil. Hace tiempo, sostuve una relación sumamente tormentosa por casi cuatro años con quien creía el amor de mi vida. Pertenecíamos a la misma área de estudio, teníamos gustos y opiniones similares, nos encantaba ir a conciertos. Éramos el uno para el otro.

Estaba implícito que pasaríamos el resto de nuestros días juntos, porque además de mencionarlo en algunas ocasiones, él ya me había pedido matrimonio.

Pero no todo era felicidad: él había quebrantado nuestra confianza en más de una ocasión y me torturaba de manera psicológica; sus promesas y sus actos eran un ciclo sin fin de no coincidencia.

Yo sospechaba que, dentro de nuestra relación tradicional y monógama, él me engañaba con otras mujeres, pero no podía asegurarlo y, por tanto, tampoco dejarlo. Él me juraba que quienes lo buscaban para arruinar su reputación eran otras mujeres, y yo le creía. Además, las novelas y las películas que había visto a lo largo de mi infancia me habían enseñado que cuando una encuentra a su “alma gemela” hace todo, absolutamente TODO, para no perderle. Pues, ¿qué mayor fortuna que encontrar el complemento ideal a tan corta edad? Como si la vida sentimental se tratara de una carrera.

Yo no me había dado en cuenta de todas las carencias que proyectaba en él. Llevaba años sintiéndome sola, incomprendida y necesitada de alguien que tuviera un perfil parecido al mío. Porque creía que el amor “se daba” cuando aparecía alguien lo más parecido a la idea de la pareja perfecta (o lo que más se le pareciera).

Nunca quise ver el patrón: yo lo confrontaba y lo terminaba, pero él volvía a buscarme, argumentando que me necesitaba en su vida. Otro error fatal: mi autoestima era tan poca que lo que más me emocionaba era sentirme necesitada, imprescindible y él lo sabía. Sin embargo, el  estira y afloja me iba desgastando y enfermando poco a poco. Me sumergí en una espiral de ansiedad y paranoia: ¿por qué, si me amaba, hacía esto o aquello? ¿Estaba cometiendo algún error para alejarlo? ¿Por qué no me hablaba?

Durante los últimos meses de nuestra relación, habíamos llegado a un punto de imprecisión insoportable: hablábamos y jurábamos vernos pronto, pero no volvíamos “de manera oficial”. Y mientras él, de repente, desaparecía del mapa justificándose en alguna enfermedad, yo me decía “compréndelo, no sabes lo que pueda estar pasando, sé buena con él para que nunca se vaya”. Pero él no se preocupaba por mí. No había empatía.

Poco antes de decidir cortar la relación para siempre, Sujeto X sacó su carta maestra: tenía cáncer terminal. Recuerdo haber llorado en los brazos de mi mamá por horas, sin saber qué hacer. Yo ya no podía más, algo me decía que había algo chueco, algo turbio, algo desesperado apestaba en esa afirmación de su parte. Así que hice lo que cualquier chica malviajada suele hacer en esos casos: stalkear.

No sabía qué buscaba, pero escarbé en todas sus redes, a sus amigos, a los contactos que hubieran dado muestra de cualquier interacción con él. Había perdido la cabeza y ya no me importaba. Como dice el meme, no necesitaba dormir, necesitaba respuestas. Y las encontré.

En efecto, él tenía otras relaciones. Lo sorprendente era que todas parecían de largas. Etiquetas en fotos navideñas, cumpleaños, viajes en carretera, bodas en Oaxaca… Tenía una novia para cada ocasión y, por lo visto, yo era la que más le había aguantado. Le llamé y le escribí por todos lados, le envié las pruebas infalibles de su deslealtad y él intentó borrar los rastros de inmediato. No me contestaba, sólo me bloqueaba. Pero yo quería verlo hecho polvo; por primera vez, deseé la muerte de otro.

Me invadió una frustración que no creo haber sentido nunca en mi vida. Recuerdo que era el cumpleaños de mi mamá y, de la nada, me encerré en mi cuarto a fumar una cajetilla completa; sin comer, sin dormir, sin respirar bien. Era como tener un yunque en el pecho, hecho de plomo y acero.

Lloré de dolor y grité de satisfacción. Había encontrado una luz en el camino a mi propia libertad, aunque a costa de que mi mundo se viniera abajo. Años de mentiras, ¿qué se supone que iba a hacer con eso? Por el momento, sólo llorar y escuchar el mismo disco una y otra vez.

“Necesitas hacer algo”, me gritaba una vocecilla al oído. En ese momento no tenía claro por qué, ni cómo, pero lo primero que se me vino a la mente, luego de descubrir la red de mentiras, era advertirles a las demás. La tristeza y decepción que me inundaban eran tan insoportables que no se la deseaba nadie. Y seguro a ellas también las hacía sentir mal, les mentía, las torturaba, les inventaba cosas y las angustiaba. Así que antes de entregarme a la autocompasión, escribí a cada una por separado, brindándoles las pruebas necesarias. Sólo una me creyó y hablamos durante varios días, acompañándonos en nuestro dolor y compartiendo versiones de la historia de nuestra relación.

El cinismo no paraba ahí. Él, anticipándose a lo que yo haría, le había dicho a las demás que yo era una exnovia obsesionada con él. Pero no sólo eso, iba por el mundo diciendo que hacía eso porque YO era la que tenía cáncer y quería estar con él antes de morir. A la fecha, pensar en ello me produce una mezcla entre desconcierto y risa, el absurdo era demasiado.

Tiempo después, gracias a una amistad en común con compañeras de la universidad, me integré a un grupo de mujeres que se reunían para conversar de temas que, como mujeres, nos atañen día a día. Yo sabía que tenía a mis amigos hartos de oírme hablar de Sujeto X, de llorarle, de volver. No tenía las fuerzas ni ganas para contarle a nadie que todos tenían razón, que en efecto, él era una basura. Hasta que las conocí y me inspiraron confianza suficiente para no sentirme juzgada. Para dar el siguiente paso y trabajar en mí, en mi reconstrucción.

En ocasiones, la única chica con quien compartí mi historia y me había creído, se comunicaba conmigo. Yo sabía que ella estaba atorada en el mismo círculo y no la juzgaba, sólo la apoyaba de una manera con la que me hubiera gustado contar en su momento. Hasta que cierto día, casi dos años después, me escribió de nuevo: al fin lo había terminado. Sólo había una urgencia de por medio: Sujeto X ya no sólo atentaba contra nuestra salud mental, sino también con la física.

Hombro con hombro, e impulsadas por la efervescencia del #MeToo, emprendimos una campaña en redes sociales para contactar a cualquier morra que hubiese tenido algún contacto afectivo o romántico con él, necesitábamos advertirles del riesgo inminente.

Luego de un par de semanas, logramos comunicarnos con un par de decenas de mujeres y que lo corrieran del sitio para el que escribía. En contraste con el dolor que sentí cuando me enteré de los engaños, en ese momento sentí muchísima tranquilidad y satisfacción. No nos estaba moviendo el odio o el rencor, nos impulsaba el amor hacia otras mujeres. No podré ponerle precio nunca a ello.

Pienso que, de no ser por la empatía que me movió a buscar a las otras, quizá nunca nos hubiésemos conectado ni acompañado. Y lo mejor de todo fue descubrir que la empatía es contagiosa.

A la fecha en que escribo esto, me he encontrado a Sujeto X en más de una ocasión y ¿qué ha hecho? Tener miedo. Esconder la cara, fingir que no existe. Ser el cobarde de siempre. Pero ya no me interesa descargar toda la furia que en su momento sentí hacia él. Ahora solo me río porque logró alcanzar la pesadilla de todo machito heterosexual: que sus ex novias se volvieran amigas y no le tengan miedo nunca más.