Testimonio: superar mi fobia al sexo fue el acto más revolucionario

Hace poco me reencontré con una buena amiga. Entre una que otra anécdota, me confesó lo difícil que ha sido para ella conocer su sexualidad y deconstruir todos los mitos alrededor de ésta, por ejemplo: la virginidad. Me preguntó cómo es que yo superé mi fobia al sexo. Y en ese instante me cuestioné a mí misma si de verdad lo había superado ya. Fue como verme en un espejo, temerosa y aterrada de todo lo que significaba para mí ser virgen.

La sexualidad ha sido territorio desconocido para mí desde siempre. Nací y crecí en un hogar sumamente conservador donde me adoctrinaron para “darme a respetar”; aprendí que “el hombre llega hasta donde la mujer lo permite”; me dijeron que una mujer debe aprender a cocinar, a lavar, a planchar; debe saber hacer tortillas a mano, porque si no mi suegra (cuando me casara) iba a darse cuenta que mi familia no supo educar a una buena mujer (cualquiera pensaría que esas cosas ya no pasan, pero sí pasan, aún pasan). Me dijeron que yo sólo podía entregarle mi sexualidad a un hombre cuando me casara con él por leyes católicas. Tal y como mi mamá lo hizo. Mi sexualidad parecía algo tan ajeno, tan extraño y tan de todos, menos mía.

La única sexualidad que conocí en mis primeros años fue la que de vez en cuando veía en la escuela: dibujos vagos que marcaban una distinción entre el pubis de una mujer (porque jamás mostraban la ilustración de una vulva) y el pene de un hombre. La imagen que tenía de una relación sexual era la que aparecía en las telenovelas. En ellas, los dos personajes se besaban abruptamente y el hombre dibujaba una línea de besos en el cuello de la mujer hasta que todo se veía borroso. Escuchaba atenta lo que conversaban mis amigas en la primaria cuando nuestros cuerpecitos comenzaron a desarrollarse y apostábamos quién sería la siguiente en menstruar.

Hablando de eso, recuerdo que ni siquiera mi propia madre pudo guiarme cuando le cuestioné para qué servían las toallas sanitarias. Cuando se lo dije se molestó y me gritó, nerviosa dijo que no le preguntara cosas que no quería saber. Y sí, vaya, si preguntaba era porque quería saber. No la culpo. Posiblemente se sintió incómoda porque también a ella le enseñaron que nuestro cuerpo es el tabú más prohibido de todos. Y que todo aquello que lo rodee se vuelve sucio por contagio.

Me enseñaron que la única consecuencia del sexo era el embarazo. La sexualidad, y cada una de sus manifestaciones, se volvieron una fobia terrible cada vez que me narraban las historias de niñas que se embarazaban durante su adolescencia, pues quedaban marcadas y estigmatizadas por haberse atrevido a decidir por ellas mismas sin estar bendecidas por el dios católico.

 “Fulanita ya se echó a perder”

“Manganita fracasó con un bebé”

“Por eso mi niña nunca nos va a decepcionar”

 “Yo sí le enseñé valores y principios a mi hija”

“Las mujeres somos como un pañuelo blanco, si nos mancha un hombre jamás nos limpiamos”

“La virginidad es lo más importante que tienes”

“Hasta que te cases”

“A mí no me van a decir que mi hija anda de pinche puta, estás advertida”

A lo largo de los años forjé una fobia a todo lo que conlleva mi cuerpo: mis genitales, mis pechos, mis nalgas, parecía que todos sus prejuicios caían sobre mis hombros. Yo solita, así de pequeñita, delgada y frágil era la encargada de sostener el honor y la honra de mis padres, únicamente debía cerrar las piernas.

Cuando crecí y me di cuenta que eso no iba conmigo, tuve muchos conflictos (a decir verdad, aún los tengo). Decidí ejercer el derecho que tenía sobre mi cuerpo, sobre mi placer. La primera vez que tuve sexo lo hice con culpa, más que con amor. Sabía que estaba por realizar un acto revolucionario, asumí que ya no habría marcha atrás. Tuve relaciones con mi novio de ese entonces, a los 20 años de edad.

Mi “primera vez”, fue terrible: lloré de miedo, lloré de desesperación. Ya estaba manchada. Ya era esa “puta”. Pasé meses enteros de tristeza, de miedo, creía que mi mamá se daría cuenta en cualquier momento y, aunque siempre fui cuidadosa con el uso del condón, me la pasaba contando los días para que mi menstruación llegara, ya que no quería embarazarme, no quería ser la decepción de mis padres. A veces creo que decidí tener sexo por ir en contra de lo que aprendí desde niña, por ser terca y querer demostrar que la vida no es tan gris como me lo hicieron creer; no obstante, cada vez que tenía relaciones me sentía sucia, hipócrita, deshonesta, la más terrible de las hijas.

El tiempo ha pasado, llevo 4 años decidiendo sobre mi cuerpo, llevo 4 años siendo “una mala hija”. En este tiempo he aprendido más de mí que en toda mi vida, he aprendido a quitarme un poquito de esa culpa. Sé que tengo pubis, pero también vulva, conozco un poco más mi vagina y los pliegues de mis labios, tengo el conocimiento de que el clítoris existe. También he gozado y he tenido sexo con tanto amor y con tanta pasión que no puedo creer que alguien lo considere pecado. Ahora sé que mi cuerpo no es el tabú del que tanto temía y que el embarazo sólo se efectúa bajo ciertas condiciones.

Si me preguntan ahora cómo superé esa fobia, puedo asegurarles que no fue espontáneo, se trata de un proceso enorme. Un proceso que todavía no acaba, ya que de vez en cuando los comentarios machistas de mis padres me bombardean para abrir heridas profundas, pero he asumido que ellos no tienen porqué entrar a mi intimidad y también asumí que no soy una mala hija, sólo soy una mujer tan humana como ellos.

Quizá si yo hubiera tenido una educación sexual sana sobre mi cuerpo, y sobre los derechos que tenía sobre él, hubiera entendido que estaba mal cuando uno de mis primos “jugaba” conmigo y se subía sobre mi cuerpo para rozar sus genitales con mis piernas y jadearme en el oído (quiero pensar que gracias a una fuerza divina jamás me violó); hubiera entendido que estaba mal cuando mi mamá lloraba en la otra habitación porque mi papá la había insultado por no querer tener sexo;  hubiera comprendido que yo no fui la culpable cuando accedí a ir a la casa de uno de mis amigos y éste me presionó para masturbarlo.

Si desde niña hubiera entendido que mi sexualidad es sólo mía y no de ellos, quizá ahora podría decir que, efectivamente, he superado mi miedo al sexo.

Oleaje

Colectiva Oleaje es un grupo por y para mujeres cuyo principal objetivo es generar espacios para discutir y compartir ideas y experiencias con el fin de generar estrategias para combatir las violencias de género que vivimos a diario.

5 Comments

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