Testimonio: Cómo aprendí a cuidar mi bienestar mental en la adultez

Recién pasó el Día Internacional de la Salud Mental. Fue bueno ver que cada vez más gente es consciente de que no sólo el bienestar físico es importante. Sin embargo, me pareció algo curioso ver a personas, que durante mi adolescencia me hicieron bullying por tener episodios de depresión o ansiedad en la escuela, compartir esta información y ver que su pensamiento no ha cambiado en lo más mínimo.

En general, para la mayoría de la gente, los problemas psicoemocionales, en sus diferentes grados, son tabú; incluso algunas personas piensan que cuando tienes estos episodios sólo “te gusta exagerar” y “llamar la atención” cuando en realidad estás pidiendo ayuda.

Desde muy pequeña sufrí de depresión. Nunca recibí atención médica, pues en esos tiempos no se pensaba que los niños la pudieran padecer; es más, se creía que su causa podía estar relacionada con pasar por un hecho demasiado triste, como la muerte de un familiar. Mis padres me cuentan que “a veces sólo me ponía triste sin razón” o “que era muy llorona”. Ellos no se imaginaban lo que sucedía en mi cabeza. Tiempo después, según ellos, comencé a “ser muy preocupona”; esto me impedía jugar con otros niños, porque me daba miedo que algo me fuera pasar. Nadie sabía que ésos eran mis primeros pasos hacia la ansiedad.

Crecí sin saber por qué me daba miedo subirme al transporte y que mi mamá me olvidará ahí, pese a que ella siempre estaba cuidándome; crecí sin entender por qué a veces quería estar sola en mi cuarto sin que nadie me hablara. Durante la primaria, recuerdo que se sumó un problema más: la baja autoestima, acompañada de un enorme autodesprecio. No recuerdo cómo apareció, simplemente un día, al verme en el espejo, sentí asco porque en mi mente me veía horrible.

Cabe mencionar que nunca sentí confianza para hablar de lo que pasaba en mi cabeza; tenía miedo de que se burlaran de mí o que me trataran diferente si mencionaba algo de ello… Todo sufrió un efecto “bola de nieve” que terminó en una adolescente de secundaria que perdió el interés por la escuela y por su vida, y con un intento de suicidio.

A raíz de esto me dieron citas con el psicólogo cada tercer día y por primera vez en mi vida sentí que podía explicar mi sentir sin ser juzgada; el doctor me enseñó cómo controlar los pensamientos, producto de la ansiedad, para que no me dieran ataques; aprendí a defenderme de mí misma, pero eso no fue por mucho tiempo.

Cuando comencé la licenciatura, la presión de la escuela y lo que estaba haciendo por construir mi futuro hicieron que de nuevo los pensamientos y la sensación de inseguridad volvieran a mí, en una escala que no podía controlar. Durante los primeros tres años de la carrera traté de controlarme y lo hice bastante bien; sin embargo, el último año fue más duro, pues todo lo que hacía me parecía una mala decisión: emitir comentarios en clase me hacía sentir tonta, porque en mi mente siempre estaba el peligro de decir algo incorrecto y que todos se burlaran de mí. Los pensamientos negativos cada día estaban más presentes y, aunque me hacía la fuerte, la factura la pagaba con insomnio. Pese a las crisis y el insomnio nunca busqué ayuda de nuevo, porque pensaba que ya estaba curada y que con el tiempo pasaría.

Entré a trabajar y pensé que así podría distraerme de mis pensamientos, pero no fue así. Tener otro tipo de responsabilidades empeoró todo, pues no me sentía capaz de hacer ninguna de las tareas que me pedían y me generaba ansiedad equivocarme pese a que me felicitaban por mi buen trabajo. En esta etapa también me comencé a sentir más sola porque, según yo, era la única que pasaba por eso. Más equivocada no pude estar. 

Tratando de abrir mis sentimientos hacia mis amistades, me di cuenta de que esto era bastante común y comencé a sentirme comprendida y cobijada por personas que no me criticaban por lo que pasaba en mi mente; me ayudaron a ver que, aunque otras personas se burlan y lo ven como señal de debilidad, eso no importa, porque no entienden los procesos por los que pasamos quienes tenemos algún problema mental. 

Hace poco retomé la terapia y ha sido un proceso muy largo de dejar prejuicios y saber que, aunque sea ahora una adulta joven, no significa que ya no tenga que preocuparme por mi salud mental. Por el contrario, es momento de darle continuidad para que no afecte mi vida diaria de formas negativas.

Me gustaría pedirle a todas las personitas bellas que lean este texto que si un día sienten que sus problemas se los comen vivos se acerquen a sus amigos (alguno les podrá ayudar), que le den igual prioridad a su salud mental y a la física, pues ambas son importantes. Si necesitan ayuda especializada está el Hospital de las Emociones, el cual brinda ayuda psicológica gratuita; así como la línea telefónica de la Facultad de Psicología y la línea del suicidio. No se sientan nunca avergonzadas por lo que sienten, recuerden que no están solas.

Oleaje

Colectiva Oleaje es un grupo por y para mujeres cuyo principal objetivo es generar espacios para discutir y compartir ideas y experiencias con el fin de generar estrategias para combatir las violencias de género que vivimos a diario.

3 Comments

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