Desde que puedo recordar, he sido una mujer gorda y, a decir verdad, nunca ha sido fácil vivir con ello. Mucho se habla del body positive y de la “aceptación” en estos días, pero poco se comenta sobre la realidad del difícil proceso que es replantearse las ideas que tienes sobre tu cuerpo, tu propia carne. Resulta doloroso y difícil, sin embargo, el apoyo en otras personas es de mucha ayuda.

La infancia

De niña me recuerdo con el vientre abultado y un par de cachetes brillantes cuando me miraba al espejo. Nunca fui talla chica ni la niña a la que podían vestir con la misma ropa de algún maniquí que “representara” un cuerpo de mi edad. De hecho, conforme crecía, mis padres tenían que buscar tallas más grandes de pantalones y suéteres en secciones que no eran de mi edad, sino mayores.

Hubo ocasiones en que no encontrábamos tallas para la prenda que quería, entonces mi papá soltaba un “hija, ya estás muy gordita ¿eh?” Y qué podía hacer yo, sonreírle porque es lo que me habían enseñado a hacer.

Quizás es por eso que ya de adulta evito referirme a la gordura en diminutivo. Además de sonar condescendiente, la palabra “gordita” me suena a una especie de conmiseración, como si estuviera desahuciada por ser gorda. Aunque de cierto modo, lo ha sido, me han anulado socialmente más veces de las que puedo contar con los dedos.

La pubertad

Conforme crecía, resultaba cada vez peor. Debido a mi herencia genética, comencé a desarrollar caracteres sexuales desde temprana edad. El vello corporal y el paulatino crecimiento de mis senos comenzó a eso de los nueve o diez años. Mi espalda se ensanchaba para sostener los desproporcionados pechos que no harían más que crecer a lo largo de la pubertad. Mis caderas se ampliaban y mis piernas y nalgas se engrosaron de manera nortable para cuando cumplí once años.

De por sí nunca había sido delgada, pero para cuando tuve mi primera menstruación, yo ya era la chica más alta y desarrollada del grupo. Y más que alta o gruesa, mi corporalidad sólo tenía un nombre y era ser gorda.

Durante la secundaria, las niñas delgadas, las más bajitas, las de voz aguda eran quienes llamaban la atención. Parecía que sólo ellas tenían derecho a disfrutar de la novedad de “andar” con alguien, de estar rodeadas de atención. Tan delicadas, tan tímidas ellas, a quienes los chicos que ya habían comenzado a desarrollar musculatura podían cargar. Yo no era nada de eso: era alta, pesada y para colmo, dibujaba historietas. Era como Betty la Fea pero en versión adolescente y friki.

Los pasatiempos, espacios de seguridad

No lo podía evitar, yo había desarrollado mis gustos en mis ratos libres y conocía a la perfección mis espacios y actividades favoritas. Las disfrutaba, me resultaban seguras y quería dedicarme a ellas de por vida como alternativa a no poder ser aceptada físicamente. Sin embargo, la silenciosa violencia escolar se encargó también de quitarme eso. Ya no era suficiente sentirme incómoda por no ser delgada o bonita, también me molestaban por ser la “gorda nerd”.

A veces vuelvo a mi memoria de trece años cuando me cuestiono mi identidad y las metas que me formé de joven. Siempre concluyo que mi mayor espacio de resistencia era mi mente.

Al menos ahí estaba segura. Ahí nadie podía juzgarme (al menos hasta que la ansiedad apareció). Y le encontré potencial a ello: si nunca podría destacar por mis cualidades físicas de manera positiva, buscaría por otro lado donde mis compañeros no me encontraran.

Busqué espacios a los que ellos no tuvieran acceso y en los que no demostraran interés. Incluso creí que aplicaría para encontrar el amor ideal un día. Decenas de series y películas me habían hecho creer que encontraría a alguien como yo para que me quisiera por mi mente y no por mi físico.

Me esforcé muchísimo en nutrirme de forma intelectual, esa sería mi arma en adelante — ya mayor me di cuenta de que la inteligencia no tiene nada que ver con ser una persona o pareja de mierda, pero ésa es otra historia.

Las soluciones comunes: fajas, ejercicios y restricciones

A los 14 años mi mamá se dio cuenta de que pasaba mucho tiempo mirándome al espejo, imaginando cómo me vería con un par de tallas menos o arreglándome la falda para disimular mis formas, buscando alguna sudadera que escondiera los rollos de la cintura. Me pagó clases en el gimnasio con la excusa de “sacar el estrés” escolar, pero yo sabía que era por mi peso.

Para ser honesta, en ese momento no lo pensé como un apoyo de su parte, más bien lo tomé como una señal de que se avergonzaba de mí. De hecho, a la fecha, cuando tengo crisis de ansiedad muy fuertes, este tipo de pensamientos vuelven.

A veces imagino cómo me tratarían mis padres si yo hubiera sido delgada. Y no conforme con la presión parental, mi tía más cercana se enteró del problema. Así que, cada vez que me veía, me insistía en probar con fajas.

En algún momento de suma desesperación, comencé a ahorrar mis sobrantes de los pasajes y, volviendo una tarde de la escuela, compré mi primera faja a escondidas. La usé por un tiempo, pero sólo me sentí peor.

Ahora no sólo me sentía juzgada por los demás, me juzgaba a mí misma. En mi mente me decía: “¡Eres una mentirosa, se van a dar cuenta!”. Curiosamente, el único motivo que me alejó de la prenda fue que nunca supe cómo lavarla bien, así que se había puesto amarilla. Creo que, en algún punto de la preparatoria, la tiré a la basura de puro asco.

De los 16 a los 18 años mi mente se volcó en un montón de problemas más (económicos, sobre todo) que me “distrajeron” de mi obsesión con el peso, como la falta de dinero o la posibilidad de tener que dejar la escuela para trabajar. Yo lo vi como un premio doble: podía ahorrarme dinero reduciendo las comidas y dejándolo para otros “gastos” (que pasaron de ser libros de segunda mano a alcohol barato). Nadie se iba a dar cuenta.

Entre los pasillos de la escuela también había escuchado rumores de que fumar y beber agua engañaban al hambre, así que lo intenté cada que sentía movimientos de tripa. En mi mente era un ‘ganar-ganar’, hasta que comencé a desmayarme durante los periodos menstruales. ERROR total. No sólo porque no había resultado efectivo, sino porque conservé ambos como hábitos nerviosos recurrentes.

Las amistades y el apoyo mutuo

Hacia la mayoría de edad, mis prioridades y la propia percepción de mi cuerpo fueron cambiando, mis amistades se fueron filtrando. Comencé a interesarme en el exterior y menos en mí misma, quería amigos que pensaran igual.

No obstante, en los años universitarios me volví a topar de frente con el rechazo y la discriminación: otras chicas criticaban mi forma de vestir en voz baja y compañeros comentaban de formas peyorativas mi estilo en relación con mi sexualidad. Combinado con el estrés académico y las decepciones amorosas, mi cuerpo fue desarrollando ansiedad.

Era el colmo, parecía ridículo ya no tener escapatoria de mi cuerpo ni mi mente. Un día, muy molesta, me percaté de que estaba siendo injusta. Mi cuerpo me había acompañado hasta ahí, al final de años de desvelos y carreras contra reloj, mi cuerpo seguía ahí de pie y yo no hacía más que odiarlo.

Luego, algo muy curioso surgió: encontré apoyo y refugio honesto en las contadas amistades que hice durante la carrera para hablar de todo esto. Por primera vez, luego de muchos años, tenía vínculos significativos y profundos con mujeres a quienes podía llamar “mis amigas”.

Año con año íbamos identificando patrones, estereotipos y prejuicios que nos hacían la vida imposible; hablábamos de ellos horas y horas. No podíamos desaparecer esas barreras, pero las llorábamos y nos acompañábamos ante ellas. Fuimos haciéndole frente a esos enemigos invisibles sin saber que estábamos formando comunidad.

El miedo a la gordura. El pan de cada día

No voy a afirmar que a la fecha ya no siento inseguridad o rechazo hacia mi cuerpo, porque no he dejado de sentirlo un sólo día de mi vida: cuando miro mi reflejo en los aparadores o mientras me pruebo ropa; cada día que despierto. Es una lucha continua parar de imaginar una línea que corte la grasa que rodea mi cintura, mis muslos y parte de mi espalda.

Cada día es una batalla por satisfacer mis necesidades y no pensar cuánta panza va a costarme comer esto o aquello. Cada mañana es ilusionarme con ver mi abdomen más plano y cada noche desanimarme con la hinchazón general de mi cuerpo, con la redondez poco estética de mi rostro.

Cada inicio de mes es pensar “pude haber bajado dos kilos si lo hubiera querido” y cada menstruación implica llorar de coraje porque las toallas sanitarias no están pensadas para entrepiernas gordas y mancho de sangre mis pijamas.

Quizás el momento más significativo fue aquel en que me di cuenta de que existían mujeres como yo y con más obstáculos. Fue una completa explosión mental escuchar a un “amigo” decirme: “No te sientas poco atractiva, al menos eres blanquita y eso te da ventaja”. Es verdad, soy blanca, pero no quiero ser considerada “guapa” sólo por ello.

Quiero que dejen de existir “unas más guapas que otras”. Que dejen de clasificarnos. No deseo estar por encima de nadie, ya no me interesa, porque a esas mujeres las han lastimado tanto y más que a mí.

En mi mente, pasé más de veinte años pensando en que la mujer por definición era delgada, que todas estaban conformes con sus cuerpos, menos yo. Por alguna razón, nunca había visto a mis amigas o familiares como mujeres gordas, a menos que tuviera algo que opinar en su contra.

Cierto día noté un sentimiento incómodo y creciente: no sólo me rechazaba mí misma, había empezado a rechazar a mi mamá y a molestarla por no cuidarse, por haber subido de peso debido a su edad y su estado de ánimo. Ése fue mi límite.

El mundo podía meterse conmigo, pero no con la mujer que más amo y menos desde mi propia trinchera. Le declaré la guerra al régimen delgado el día en que la vi llorar por no poder ponerse un vestido que amaba.

Muy seguido sigo pensando en remedios para desaparecerme la barriga; me felicito cuando alguien me dice: “¡Te veo más delgada! ¡qué guapa!”; sigo pensando en cómo me vería si me fajara ajustadamente, no sólo el abdomen, también los brazos y las piernas, si eso lograría algún cambio.

Pese a que he tomado la decisión de dejar mi cuerpo en paz y cuidarlo de otras maneras que no atenten al amor propio, reconozco que ser gorda en un mundo que nos odia por rebasar SUS límites es una resistencia continua.

Para mí, no hacer dietas “mágicas” es resistir. No culparme por un día el ser talla grande es resistir. No hacer ejercicio por vanidad y sí para cuidar de mi presión arterial es un cambio. No pensar en vomitar o matarme de hambre para verme mejor, para equilibrar “el pasón” de algún día anterior, es una pequeña victoria cotidiana.

Voy a seguir resistiendo por mí y por todas, porque ceder ante la hegemonía de la delgadez es darle la razón al odio. Un odio que atenta contra los cuerpos de las mujeres que construyen este mundo desde el amor día con día.