Antes de estar con quien actualmente considero mi gran amor, tuve dos relaciones importantes en mi vida. Una devastadora y otra que no funcionó. La primera me tenía atrapada en un círculo vicioso de celos, prohibiciones, engaños, perdones y permisos llenos de reclamos; hasta que un día concluí que él no iba a darme lo que yo estaba buscando en una pareja, ni lo que necesito del amor. Me di cuenta de que ya ni siquiera quería su amor, yo quería respeto.

En el límite de soportar que me pusiera el cuerno por octava vez, me senté a analizar cómo había llegado a ahí de nuevo y noté que existía un patrón. Él solía buscar a chicas distintas a mí físicamente. Yo intenté imaginarme a su lado a los cuarenta años… pero simplemente ya no me veía con él. No iba a seguir lidiando a esa edad con los mismos temas. Por primera vez, sentí hastío de esa relación y caí en cuenta de que por él ya no sentía amor alguno. Lo busqué para decirle adiós y así terminó todo.

La segunda relación fue bonita mientras duró el noviazgo, pero, al querer escalar a otro nivel con mayores responsabilidades, vimos que simplemente no estábamos preparados. Incluso, puedo afirmar que no teníamos la certeza de querer hacerlo de corazón. Obviamente, cada quien terminó herido por su parte, pero yo estaba segura de algo en ese momento: ya no deseaba volver a los patrones de mi relación anterior. Ya no quería llegar otra vez a lo peor de mí misma

Luego de terminar con esas relaciones, decidí dejar las cosas atrás y esperar que ocurriera lo mejor para mí. Salí con una o dos personas, pero ya no estaba dispuesta a que me trataran igual. Ya no quería un cortejo en el cual trataran de maravillarme y tampoco quería entrar en ese juego. Nuevamente, decidí darme un tiempo y aceptar que en realidad no estaba lista para nada, ni para nadie.

Me metí a un curso para mejorar mi currículum (algo que considero un acto de Dios) porque me llegó en el momento que más lo necesitaba. Eso me cambió totalmente la vida: me ayudó a replantearme mis metas, a recordar mis gustos, a destinar mi tiempo para invertirlo en todo lo que realmente quería y me importaba. Me ayudó a estar mejor con mi familia y volví a pasar tiempo con mis amigas (¡qué sería de mí sin ellas!). Volví a estar conmigo misma y trabajé en mi bienestar, en tratarme mejor.

Fue entonces que empecé de nuevo, un inicio en el que sabes que lo mejor que puedes hacer por el bien común es llevarte bien contigo y tratar de NO estar en una situación en la que te opongas a tus valores, tu fe y tu amor. 

Así pasaron tres años, hasta que llegó el momento en el que me sentía lista para lo que viniera. Estaba tan bien conmigo que decidí buscar compañía en apps con determinación y asertividad, pues sabía lo que quería y cómo lo quería. Inesperadamente, y sin necesidad de ninguna app, llegó alguien que fue y continúa siendo mi amigo. Desde el momento en que decidimos ser más que amigos y hasta ahora, la única prerrogativa de nuestra relación ha sido la sinceridad. Sin más principios que el simple y amable respeto, ya han pasado cinco años y continuamos en esta convivencia. Sólo puedo confirmar: nunca me sentí mejor, siendo tal y como soy.