Siempre he ejercido mi poder de elegir a mis parejas. No obstante, a pesar de que soy una mujer muy firme a mis convicciones, es bien difícil asumir que ni hombres ni mujeres la tenemos fácil. En especial si hablamos de divorcio.

Mi pareja y yo tuvimos que romper inevitablemente. Llevábamos 20 años juntos. Fue horrible, pero necesario, debido a las circunstancias sociales y prejuicios con los que fuimos criados.

Una se pregunta: ¿qué tan complicado podría ser si amas y te aman?

Y sí lo es. Casarnos jovencitos nos permitió crecer juntos. Aunque tuve varias parejas, sólo con él involucré mi crecimiento personal; de hecho, éste fue un pilar para nuestra relación funcionara. Pero, ¿qué pasa cuándo sólo te enfocas en hacer feliz al otro?

Yo soy al revés. Funciono a costa de que todo funcione. Me presiono, porque crecí con una madre que me atacaba constante y ferozmente; cualquier error, por mínimo, significaba una tragedia.

Así que aprendí a coaccionarme a tal grado que mis crisis de ansiedad y trastorno compulsivo formaban parte de un día a día. 

¿Por qué no atenderme? Bueno… con tres niños a cuestas, una madre que no supo manejar un divorcio, un padre que se dejó morir por la soledad y la enfermedad, una casa que debía mantener en pie, una herencia y papeles que arreglar, una hermana que apoyar, una sociedad que afrontar… 

¿Para qué concentrarme en mí, si tenía que resolver todo lo demás? Yo siempre me dejé al final, porque el resto era más importante para esta mujer que escribe.

Fallaba, pero no me perdonaba. No entendía que los fallos no eran sólo míos.

Según mi esposo, él tenía un único papel que ya estaba escrito: debía ser buen proveedor y atender los temas que, como “hombre”, le correspondían; pero, al final, él también terminó tan metido en el hoyo como yo…

¿Qué haces con tu vida cuando todo falla? Bien, me decía la terapeuta: 

─Estás cociendo todo en una olla exprés que te explotará en la cara si no lo afrontas.

La terapia la pospuse después, por falta de recursos económicos, de tiempo o porque simplemente tenía miedo de darle la cara a mi situación. Sin embargo, terminé pidiendo el divorcio. Él aceptó. Estábamos en un limbo que no entendíamos.

Necesitamos de 7 largos meses, que se sintieron como una eternidad, para comprendernos.

Hasta ese momento, vivíamos como personas que sólo se enfocaban en atender las cosas “normales” de la vida; no nos dábamos cuenta de que, como individuos, nos estábamos ignorando.

Regresé a terapia. Durante todas las sesiones he expuesto el daño que llevo cargando en la espalda desde niña; y una no se imagina cuánto pesa el papel que nos hado la sociedad: el papel materno de “encargarnos”; porque, casi casi, sólo por ser mujer debemos llevar el peso de todo el universo, en nuestras entrañas y debemos responsabilizarnos de que todo funcione de la mejor manera, a contra reloj y sin equivocaciones. Pero todo iba a mejorar.

Puedo dar testimonio, tras mi divorcio, de lo que es ver a quien que amas quebrarse y reconstruirse para él; además de notar que este nuevo ser humano desea estar conmigo. Esta crisis nos hizo reconstruir nuestra relación y valorar lo que somos por el simple hecho de serlo: individuos con altas y bajas.

Ah, y los estigmas de la sociedad están tan arraigados… Fueron siete meses, pero me topé con todo lo que una “mujer divorciada” debe afrontar y está muy cabrón. La misma familia no lo acepta. Le teme y le asusta la independencia de la mujer.

Pero una es la que está rota. Una es la que necesita salir de todo ese círculo podrido. Una debe trabajar para sí misma y para sanarse. 

¿De qué me sirvió toda esta experiencia?

Aprendí a amarme, a ser mi prioridad y a entender todo lo que mi pareja llevaba a cuestas.

Hemos decidido volver. Mi aún esposo y yo estamos teniendo nuevos encuentros, porque ya no somos los mismos. Entendemos que el amor requiere trabajo, respeto y apoyo, además de dejar de lado todos los prejuicios que la sociedad nos impone.

Todo este caos ayudó a valorarme, por sobre todas las cosas; a ver que he hecho un buen trabajo como madre, para mí y por mí. No para una sociedad que ni sabe qué chingados hace, ni para aparentar ante los demás.

Trabajo por mí, porque soy una mujer que merece; hoy puedo verme al espejo, abrazarme con todas mis cicatrices, acariciarlas y decirme: 

¡Eres bella por ser sólo tú!