Testimonio: Cómo una amiga me salvó la vida en la infancia

Tenía 9 años cuando los niños de mi salón comenzaron a violarme. 

En aquel tiempo mi familia se estaba viniendo abajo: mi mamá y mi papá no tenían trabajo; mi hermano estaba en la prepa y yo en la primaria. No teníamos para comer ni donde vivir y aceptábamos cualquier tipo de ayuda; así que nos fuimos a vivir al cuarto de azotea de una de mis tías; por esto yo tuve que cambiarme de escuela. 

Yo odiaba esa nueva escuela: no tenía amigos, y las niñas de mi salón siempre me agredían y se burlaban de mí; los niños me robaban mi desayuno y mis lápices, y la maestra jamás me escuchaba e incluso me trataba mal cuando le pedía ayuda ante el acoso de mis compañeros.

Mi depresión era cada vez más grande. Mi madre se la pasaba tirada en su cama entre las heces de sus perros y mi padre siempre estaba enojado y era violento cuando estaba en la casa… Cuando creí que todo eso no podía ponerse peor, sucedió…

Uno niño se levantó de su pupitre, caminó hacia mi lugar, que era hasta atrás en el salón, y metió su mano entre mi cuerpo y la banca, en plena clase. La maestra desde su escritorio le dijo que se fuera a su lugar, y el niño, frente a ella, volvió a hacerlo, sin ninguna consecuencia. De ahí en adelante, durante todo mi cuarto año y parte de quinto, los niños de mi grupo se dedicaron a tocar mi cuerpo sin mi permiso. 

Me decían cosas obscenas en la formación antes de subir al salón de clases, me mandaban papelitos con cosas como “te quiero agarrar las nalgas” o “te voy a meter los dedos cuando la maestra se vaya” mientras estábamos en clase, y a la hora del recreo me hostigaban hasta arrinconarme detrás de alguna jardinera, esquina lejana del patio o atrás de las escaleras y, mientras algunos de ellos me sostenían los brazos, otros metían sus manos debajo del vestido de mi uniforme para tocarme. Hacían mi ropa interior a un lado con sus dedos y me tocaban por turnos, hasta que se aburrían o se terminaba el recreo. A veces también me seguían a mi casa, que estaba cerca de la primaria, y se quedaban afuera del edificio por un rato. 

Muchos niños de otros grados se daban cuenta, y sólo se reían, se quedaban mirando o de plano se hacían como que no veían. Le dije muchas veces a mi maestra y al profesor de quinto año lo que me estaba pasando, pero nunca hicieron nada. A las tres semanas de que aquello comenzara tuve mi primera infección vaginal. Aún no menstruaba y ya estaba toda infectada; y es que los niños jamás se lavaban las manos antes de meterlas a mi cuerpo, y frecuentemente comían mientras me tocaban.

Mi mamá se dio cuenta de lo fuerte de mi infección porque dejaba la ropa interior toda manchada, y a veces olía a muerto, así que me mandó a lavarme con vinagre, lo cual sí quitó mi infección, pero como el abuso continuaba, la infección se hizo recurrente y cada vez más resistente a los lavados con vinagre que me recetaban en mi casa. A veces me ardía tanto que no podía caminar bien, pero ni el olor horrible que a veces tenía evitaba que los niños siguieran metiéndome sus dedos, y acosándome en todo momento.

Tenía terror de que me mandaran a la tienda o a las tortillas porque todos vivían muy cerca de la escuela, y me daba miedo encontrármelos juntos. También me moría de vergüenza si me encontraba a alguno en el súper cuando estaba con mi mamá o en el mercado. Yo solo volteaba hacia otro lado o agachaba la mirada.

Conforme pasaron los días fui pensando en estrategias para evitar que mis compañeros siguieran abusando de mí. Comencé a estar siempre en el recreo en zonas donde hubiera más niños, y a veces funcionaba. Pedía ser voluntaria para vender los helados en el recreo cada que era posible, y que por ello tuviera que estar parada frente a la hielera todo el recreo mientras la heladera o algún profesor pasaba a vigilarme ocasionalmente, también comencé a usar mallas en vez de calcetas, y me ponía los bodys de cuando tomaba clases de danza y hasta las fajas de mi mamá debajo del vestido del uniforme, para que por lo menos les costara más trabajo y no todos pudieran manosearme en el recreo. 

Mis estrategias disminuyeron mucho la frecuencia e intensidad de los abusos, pero no los eliminaron por completo. Los niños eran más violentos conmigo, me trataban peor en el salón y frente a otras personas, y cuando lograban violarme me aventaban monedas de uno o dos pesos cuando terminaban, como si fuera un pago; también motivaban a las niñas para que me agredieran más; ellas les seguían el juego, porque todas eran novias de alguno de los niños. 

Así llegué al tercer bimestre de quinto, hasta que mi amiga Gaby entró a esa escuela. Nos hicimos amigas muy pronto, y permanecimos juntas. Los niños le tenían miedo y cierto respeto, pues ella era más alta que varios de ellos. Al principio, los niños me trataron de amenazar para que yo la convenciera de dejarse tocar por ellos… Pero nos aliamos para “mandarlos al caño”, como Gaby decía siempre. Ese enero cumplí once años, y los niños nunca volvieron a abusar de mi en la escuela. A los doce moría de felicidad por terminar por fin la escuela, y porque casi nadie de esa primaria iría a la misma secundaria que yo. 

En la secundaria, tuve muchas secuelas de esos abusos. Siempre vivía alerta de mis compañeros y jamás pude relacionarme con los niños, porque yo tenía explosiones de agresividad en contra de ellos (a veces sin sentido y otras bajo la menor provocación). Lloraba siempre por cualquier cosa. También tenía pocas amigas. 

Fue hasta la prepa que pude comenzar a tener amigos hombres y a los 16 por fin pude tener novio. Nunca pude decirle esto a nadie, porque me sentía sucia y tonta. Las infecciones por desgracia continuaron hasta ahora, y aunque las he tratado muchas veces, jamás han dejado de regresar.


Nota editorial:

En Oleaje queremos hacer una gran red de mujeres que se cuiden y apoyen. Si has pasado por una situación similar y no sabes a dónde acudir, te dejamos el número de atención psicológica de la UNAM y el contacto de Sorece atención terapéutica feminista (5161 8600) por si requieres de un apoyo especializado.

Si en algún momento quieres compartir tu testimonio, lo recibimos con todo respeto y sororidad.


Oleaje

Colectiva Oleaje es un grupo por y para mujeres cuyo principal objetivo es generar espacios para discutir y compartir ideas y experiencias con el fin de generar estrategias para combatir las violencias de género que vivimos a diario.

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