La relación con mi padre, como la de muchas, no ha sido fácil. Sin embargo, él no solo abusó de mi confianza o de su posición. Abusó de mí físicamente y quiso ocultarlo, pero la confianza en mí misma me ayudó a confrontarlo.

Cuando tenía 23 años, me separé de un hombre con el que viví por casi cuatro años de mi vida, lo que me obligó a buscar un lugar para vivir y pasar el duelo de mi separación.

Luego de rodar por algunos lugares y pasar por situaciones poco agradables con ciertos roomies, mi padre me ofreció vivir con él en su apartamento. Mi padre se había separado de la madre de mi hermano unos meses atrás, por lo que según sus propias palabras, aún no terminaba de adaptarse a la vida en soledad. 

Me pareció una oportunidad maravillosa para convivir con mi padre, conocernos mejor, ya que yo jamás había vivido con él antes y tenía sólo 7 años de conocerlo, ademas podríamos compartir los sentimientos de nuestras separaciones para sanarnos juntos.

Así que acepté sin dudarlo: guardé mis muebles en una bodega y me instalé en su apartamento. En ese momento yo ya había cumplido 24, y cursaba el penúltimo semestre de mi carrera, trabajaba ocasionalmente y era muy independiente en mi movilidad y decisiones, pero al aceptar vivir con él, también acepté someterme de nuevo a sus reglas y horarios.

Aunque me instalé en una habitación exclusiva para mí desde un inicio, mi padre me pidió que durmiéramos en el mismo cuarto, para acompañarnos. Esto último se me hizo extraño y un poco incómodo, pero pensé en que se sentía muy solo y acepté sin hacer preguntas.

Mi padre siempre ha sido un hombre necio, autoritario e imponente y cuestionarlo me resultaba casi imposible entonces.

Todo parecía ser ideal los primeros dos meses: yo generalmente llegaba un par de horas antes que él, tenía tiempo para preparme la cena, comer en la mesa del balcón, escuchar la música que se me antojara y mensajear con mi nueva pareja y mis amigas. Para cuando él llegaba, hablábamos de nuestro día, íbamos al súper o compartiamos una taza de té frente al televisor.

 Sin embargo un día, mientras me quedaba dormida, mi padre comenzó a acariciar mi espalda y fue bajando poco a poco hasta tocar mis nalgas. Desperté inmediatamente y le pregunté qué estaba haciendo, a lo que él respondió pidiéndome disculpas y alejándose de mí. 

Aunque me incomodó demasiado esa situación no me mudé a la otra habitación, pues tenía miedo de contradecirlo, y no quería echar a perder “nuestra vida perfecta de familia.”

Así que todo volvió a la normalidad entre nosotros por un par de semanas, hasta que volvió a hacerlo, de la misma forma y con el mismo método. Esta vez le pedí mudarme a la que se suponía era mi habitación y él, supuestamente apenado, aceptó.

De nuevo todo volvió a ser normal y yo estaba contenta con nuestra convivencia. Él me compraba ropa y el material para las prácticas de la escuela. Mi salud física comenzó a mejorar porque siempre tenía acceso a comida de calidad.

No tenía que preocuparme más por comer cualquier cosa en algún puesto de la calle o frituras de la tienda. Me sentía tranquila por no tener que pagar renta ni trabajar obligatoriamente para poder comer. Hasta un viernes que él llegó antes que yo a la casa.

Me llamó para avisarme que, en cuanto yo llegara, iríamos al súper. Justo yo estaba en el periodo final del semestre y me urgía terminar una tarea que debía enviar antes de terminar el día. Además, el sábado siguiente era cumpleaños de mi pareja y yo tenía muchos planes para su fiesta de cumpleaños, entonces le pedí que fuéramos otro día y él aceptó sin problema.

Eso me pareció extraño en él, pero me dio mucha tranquilidad. En cuanto llegué, me dijo que me pusiera a trabajar y me ofreció de manera entusiasta prepararme un té, cuya preparación no presencié.

Minutos después, él llevó el té hasta el escritorio donde yo trabajaba. Al poco rato comencé a sentirme demasiado cansada como para continuar escribiendo, así que sin poder evitarlo, fui a recostarme en el sillón. No eran ni las diez de la noche y fue imposible mantenerme consciente.

A partir de ahí, desperté por instantes unas cuatro veces, de las que tengo “flashes”. Recuerdo a mi padre desnudándome, a mí tirada en la cama de su cuarto mientras él introducía sus dedos en mi vagina y en el último, a él poniéndome la pijama.

Recuerdo que en aquellos momentos donde desperté mientras él me tocaba, le dije o intenté decirle, que se detuviera. Evidentemente eso no pasó. Me desperté como a las cuatro de la mañana, en pijama, en el lado de su cama donde yo solía dormir y con él dormido del otro lado.

Yo estaba horrorizada, pues recordaba claramente lo poco que había visto en los momentos donde logré despertar. Corrí a la habitación de a lado, donde estaba el escritorio, a escribirle a mi ex, quien en ese momento vivía en Japón. Era la única persona despierta que podría leerme y ayudarme a esa hora.

Cuando amaneció, mi padre me preguntó si estaba usando drogas duras, porque “la manera en que me había quedado dormida esa noche no era normal”. A lo que yo respondí con un simple “no”. Me dijo que entonces me llevaría con un neurólogo, porque podría tener un tumor en la cabeza y que le preocupaba mucho esa situación. No dije nada, no me atreví a confrontarlo.

Me cambié la pijama y corrí a buscar un ginecólogo que me revisara y pudiera decirme qué tanto le había pasado a mi cuerpo horas antes. Me aterró la idea de poder quedar embarazada o tener alguna enfermedad a raíz de ese abuso.

Afortunadamente, nada con un riesgo biológico había ocurrido, pero de todas maneras, me hice todos los exámenes médicos y de laboratorio que pude para asegurarme. Estos arrojaron entre los resultados la presencia de una droga de uso psiquiátrico en mi sangre. Yo nunca he consumido drogas sintéticas ni antidepresivos.

Ya no pude terminar mi trabajo final ni preparar la fiesta de mi pareja ese día. Llegué pasadas las diez de la noche a su casa, con un pastel quemado y la cara más triste del mundo. Al día siguiente, comencé a buscar apartamento y a la semana me salí de casa de mi padre.

Me costó meses poder contárselo a mi pareja y a mi madre, y años poder confrontar a mi padre. Pero finalmente lo logré, y pude obtener el apoyo de ambos, así como lo más cercano a la comprensión por parte de ellos dos. Mientras, para confrontar a mi padre hizo falta que alguien más, a quien le había confiado mi historia, lo hiciera por mí, aunque sin mi consentimiento. Eso me empujó a hacerlo yo de una vez por todas.

Incluso cuando mi padre siempre lo negó todo frente a mí, me dio paz decirle que yo lo sabía. Me dio paz decirle que no me tragué la historia del tumor neurológico. Me dio paz
que él supiera que estoy segura de lo que viví.