Testimonio: mi padre siempre intentó aislar a mi madre en navidad

Mi padre es un macho bien hecho. De esos que celan, golpean, insultan, provocan ansiedad y riega hijos y siempre buscaba aislar a mi madre en navidad. Un machito completo. Le dio un trato a mi hermano varón que no merecimos ninguna de sus hijas. De hecho, yo fui afortunada por siquiera haber convivido con él una temporada de mi vida. Afortunada entre comillas, ya que mi infancia a su lado fue un infierno. Con todo, hubo hijas a las que ni siquiera reconoció. A pesar de que todos en su familia saben que son sus hijas, no consideran necesario  que las reconociera.

Entre muchas de sus chuladas, él y sus hermanos convencieron a sus esposas de que no era necesario que ellas estuvieran con con sus respectivas familias alguna de las dos fechas de fin de año (31 o 24). Mi padre, le exigía  a mi madre que pasara las dos fechas con su familia. Al tiempo, insistía en que él no tenía por qué abandonar la tradición con la propia, para pasarla con su esposa y la familia de su esposa.

De entre muchas batallas que mi mamá perdió, ésta fue una, pero por lo menos conservó una fecha con su familia. Eso sí, sin la compañía de mi padre. Yo me acostumbré. Durante toda mi infancia no entendía por qué los papás y las mamás de todos estaban en una fecha con una familia y otra, con otra; y por qué  mi mamá, mi hermano y yo debíamos quedarnos solos, mientra mi papá se iba trajeado y perfumado a otra reunión, a otro lugar; por qué su familia era más importante que la nuclear, de la que, por supuesto, nunca se hizo cargo ni emocional ni económicamente. 

Como si esto no fuera suficientemente machista, misógino y violento, cuando nosotros nos quedábamos con la familia de mi mamá; que era con la que realmente yo quería estar; el 25 teníamos que estar listos, muy temprano, para irnos con él al recalentado con su familia. Con la edad y con el tiempo yo le exigía a mi madre quedarme con mi familia materna. Yo y mi hermano queríamos compartir la festividad completa con nuestra familia. Mi papá podría llegar el 26, 27, quizá. Mi mamá no tenía derecho de preguntarle por qué tantos días después. Se tenía que respetar lo que él dictaba. Era prácticamente un favor que él aceptara que mi mamá pasara una fecha con su familia.

El 25 teníamos que estar listos, muy temprano, para irnos con él al recalentado con su familia. Con la edad y con el tiempo yo le exigía a mi madre quedarme con mi familia materna. Yo y mi hermano queríamos compartir la festividad completa con nuestra familia. Mi papá podría llegar el 26, 27, quizá. Mi mamá no tenía derecho de preguntarle por qué tantos días después. Se tenía que respetar lo que él dictaba. Era prácticamente un favor que él aceptara que mi mamá pasara una fecha con su familia.

Eso sí, tenía el fino detalle de llamar a las doce de la noche para felicitarnos e interrumpir el abrazo familiar, y era nuestra obligación correr a contestarle el teléfono y felicitarlo de vuelta. Mi hermano y yo fuimos obligados a asumir esta costumbre, a respetarla y no cuestionarla.  Toda las personas alrededor de mi madre que la quieren y la respetan, como sus hermanos y sobrinos, no estaban de acuerdo y no les parecía ni justo ni correcto. 

En la relación de mis padres siempre ha existido una atmósfera de incomodidad que parecen no ver, o que pareciera que mi madre está obligada a no advertir. Están tan enclaustrados en esa relación de aparente funcionalidad que, hasta la fecha, ellos omiten que para todos ha sido muy incómodo asumir su dinámica violenta y agresiva. 

Estoy segura de que  si yo le preguntara a mi madre ahora mismo por este tema, se molestaría, porque diría que fue un acuerdo entre los dos. Cuando yo era adolescente llegué a cuestionarla sobre cómo se sentía al respecto, o si creía que era un buen acuerdo, me contestaba cosas como: “si yo ya lo acepté por qué tú no”, “no es para tanto”, “pues sí, sí es un problema, pero si no le hacemos caso pues ya no lo es”. 

Incluso, he notado una dinámica horrible: ellos están acostumbrados a no recordar los malos episodio que nos hicieron pasar a mi hermano y a mí. Si yo llego a decir: “esto sucedió así…, y para mí fue muy traumático porque vi esto y esto y esto…”, me han llegado a contestar: “ay no es cierto”, “ay, ¿cuándo pasó eso?”. Y yo puedo ver en sus gestos de que están convencidos de que esas cosas no pasaron. 

Esta dinámica dura hasta estos días. Cuando yo he tratado de hablarle a mi mamá sobre respeto, equidad de género, machismos y violencias, ella, convencida, me dice que es una exageración de las nuevas generaciones de mujeres que luchan. Al mismo tiempo que yo veo, con mucha tristeza, que la vida de una mujer tan inteligente está embargada en cada minuto y cada segundo por una sumisión ante las violencias por parte de mi padre. 

Mi madre es una mujer que ha servido a la nación de manera decorosa y sobresaliente; ha sido profesora de niños con diversidad funcional; ha sacado adelante económica y moralmente a sus hijos; pero también es una mujer que ha expuesto a sus hijos al peor de los dolores que es el de la violencia machista intrafamiliar.

Hoy soy libre. Tiene varios años que dejé de ver a mi padre. Elegí no verlo, lo cual me ha hecho sentir mucho más tranquila y mucho más feliz y me procuro mejores recuerdos para mis navidades contemporáneas. Así he logrado sobrellevar el recuerdo de esas noches de ansiedad, discusiones, peleas y de, todavía, más amarga sumisión.

Oleaje

Colectiva Oleaje es un grupo por y para mujeres cuyo principal objetivo es generar espacios para discutir y compartir ideas y experiencias con el fin de generar estrategias para combatir las violencias de género que vivimos a diario.

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