Hace unos meses, tomé la decisión de apartar a mi madre de mi vida. Simplemente dejé de responder sus mensajes y llamadas. De un día para otro, sin explicaciones. Mi mamá insistió un par de semanas, luego, por suerte, se detuvo. Fue difícil porque siempre he sentido que algo primario me une a ella. Supongo que tiene sentido: nací de su cuerpo. Pero aquel pensamiento nunca me ha traído paz; al contrario, me hace odiar mi piel por haber estado contacto con su vientre. 

Desde que yo era pequeña, he tenido un odio silencioso por mi madre. Durante años me culpé por eso, ¿qué clase de hija siente algo así por su mamá? En especial, a los nueve años de edad, tenía el sueño recurrente donde la asfixiaba con una bolsa de plástico transparente, y yo veía su rostro de terror e incredulidad: su hija matándola.

Naturalmente, mi conclusión fue que yo estaba loca. ¿Soy una psicópata? Ese término, tan comercializado y abusado hoy en día, fue una puerta que me tocó abrir a temprana edad en terapia. ¿Por qué odio a mi mamá? ¿Por qué no puedo amarla, confiar en ella, anhelar sus abrazos? Es mi mamá. Nací de ella…

Ahora estoy en la tercera década de mi vida. Miro atrás, constantemente, reviviendo los pequeños y grandes momentos entre mi madre y yo. Con mi primer sueldo, a los quince años, le regalé un montón de flores de peluche; ella adora esas cosas tiernas, que no estarían fuera de lugar en la habitación de cualquier niña consentida. Aún más lejos, le escribí un poema el 10 de mayo de 2002, donde le expliqué todo lo que teníamos en común. Y más atrás, cuando la veía dormir los domingos en la mañana, su único día de descanso del trabajo, porque ansiaba estar con ella, desayunar con ella, hablar con ella.

En realidad, amor por mi madre nunca faltó. Esa polaridad entre mis emociones fue lo que me arrastró treinta años a no tomar la decisión más infame que cualquier hijo puede hacer. Porque le debemos todo a nuestros progenitores, ¿no? Porque nadie enseña cómo educar a los hijos, porque a la madre, en especial, todo se le debe perdonar.

Es cruel que nos hagan creer eso: que las madres no pueden fallar, y si lo hacen, fue con buenas intenciones. La mía falló, repetidamente, de cada manera ridícula y violenta que pudo. Aceptar eso, socialmente, es castigado y señalado. Pero es real. Quiero decirlo, ¡gritarlo!, quiero que por una vez me escuchen y me crean: mi madre no debió ser madre.

Hace un par de días, me enteré que la pareja de mi madre siempre me ha odiado. Es extraño confirmar que alguien te odia. No, no le caigo mal o le desagrado. Su nivel de intolerancia hacia mi persona es tan extenso y profundo que es odio. La razón es que soy hija de un hombre que no es él. Porque machito. 

Pero lo interesante es que mi madre lleva 18 años disimulando que su pareja no me odia. Yo tengo prohibido ir a su casa, ella tiene prohibido salir conmigo. Cuando nos veníamos, ella mentía para que él no se enterara de que estaba conmigo. Y aún así, su celular sonaba cada diez o quince minutos, por lo menos, interrumpiendo cualquier amago de conversación.

Esos 18 años intenté pensar que mi mamá estaba en su derecho de proteger su relación, incluso de mí. Me convencí de que era justo que ella priorizara al hombre con el que estaba construyendo una vida.

“Ya estoy mayorcita para que esto me duela” me repetí muchas veces. Ahora sé cómo protegerme de su rechazo, cómo recordarme que sin ella he podido salir adelante.

Tardé treinta años en entender que esa claridad que ahora poseo, viene justo de mi adultez e independencia. ¿Por qué, entonces, me culpé en mi niñez de no poder procesar con la misma tranquilidad su rechazo?

De niña, mientras soñaba con asfixiarla, tenía que aguantar su falta absoluta de sentido común. No me daba de comer, no me acompañaba, no me escuchaba, no le importaba la ropa que traía, si me quedaba sola durante semanas en la casa, si aquel hombre que me veía por la ventana de mi cuarto era peligroso, si faltaba días a la primaria, si tenía ropa interior, si hacía mi tarea, si lloraba todas las noches hasta la madrugada. Y estoy consciente que pudo ser peor. Pero no deja de ser violencia que tu madre diga te amo y al mismo tiempo no le importe que eres un ser humano. 

Y cuando llegué a la adolescencia se volvió aún más confuso y agresivo, porque ella metió a nuestra casa al hombre que abusó de su cuerpo y que luego intentó hacer lo mismo con el mío. A él sí le dio de comer, lo acompañó, escuchó, amó y protegió, mientras yo le suplicaba que por favor alejara a mi papá de nuestras vidas.

“Ella tiene muchos defectos, pero al final es tu mamá”. Es lo que más me han repetido desde que soy niña. Me convencieron de que por el simple hecho de haberme parido, yo tenía que perdonarle todo. Pero no es así. De verdad, no es así.

Treinta años tardé en deshacerme de esa idea, y seguir mi instinto. El mismo instinto que desde que tengo uso de razón, respondió el rechazo de mi madre con la misma moneda.

Dejé de responder el teléfono. Dejé de sentirme culpable. 

Ahora me queda un largo proceso de sanación y de perdonar mi cuerpo por haber estado dentro de ella. Escribo esto con la desesperación de que alguien me entienda, en algún lado del mundo, cuando escojo no tener madre a continuar cerca de quien más me ha hecho daño en la vida. Podemos elegir ser más que nuestros padres.